En la obtusa noche, al compás de la penumbra, nos preparábamos para la admonitoria presencia del convidado ominoso, mientras derretíamos nuestras cavilaciones bajo el crepuscular síntoma de la vergüenza y del espanto. Con preámbulos y, con amortajadas conjeturas, en este romántico preludio, he podido concebir como nuestros crímenes se barajan al ritmo de nuestra ignorancia, similar al péndulo del reloj que se balanceaba hasta acaecer en una morosidad cada vez más suspendida a nuestras prerrogativas. Una mancha en la oración y una aguja en el lenguaje en cada segundo que se relata.
La escena se conformó por nuestra familia, cada uno de nosotros sentado en el comedor, respetando la tradicional simetría de una solemne cena, en conmemoración a nuestros invisibles invitados, en la directriz del protocolo del cinismo, con atractivo nocturno. La mesa, opípara y de abundancia monumental, con manjares exuberantes y estrambóticos, en un orden deleitoso, al servicio del símbolo de la gula, tras nuestras mendaces preparativos. En otro lugar, cubiertos del cromo herrumbroso, el mantel pueril de antaño, platos de artesanía casquivana, copas escanciadas de rojo brebaje y recipientes de transparencia soporífera, cuyos lisos bordes marcaban la frontera entre el hambre y el exceso. De aperitivos y entradas, ensaladas con tentáculos de pulpo rebanados sobre lechuga verde vivaz, bañados en un ácido jugo limón, componiendo así, una cubierta pegajosa bañada en aceite árabe. También había tomate rebanado en finas rodajas, aliñado con dientes de ajo y trocitos de cebolla, sabrosos tanto como para vampíricos como para licántropos. Y para beber, el susodicho, el sanguinoso y espeso vino, abierto después de décadas de obscuridad y añejamiento, víctima de la claustrofóbica reserva.
Para renombrar y desnudar a mis estatuas, estaba mi hermana, provocativo ser de sexo sensual, de carnes blancas y de curvas difuminadas a la luz de la sombra, provocativa proyección de las velas del candelabro oblicuo. Ella, la rubicunda de emociones flamígeras, la del cuello alargado, con su collar plateado de pétreas y minúsculas geometrías que rodeaban y elogiaban sus hombros. Maquillada melindrosamente con azulejos y sombras en pestañas. Voluptuosa de labios rojos y de perfumes incautos. Su cabello, peinado con la minucia que develaba su serena faz, catadura, con párpados pesados, abnegada del insomnio. Erguida frente a la mesa, cubierta en negro, estirando sus fríos dedos para relucir sus uñas de esmalte instigador, que inconscientemente, citaba en mi imaginación, su monte de venus y la concupiscencia carnal. A su lado, mi reverenciada madre, mujer de conservados contrates y arrugas de remota experiencia, con encanto superficial pero lustrado, ciñéndose a la madurez en sus rizos, en sus joyas y en el alargado vestido de un desdeñoso amarillo, decolorado por una mancillada dignidad. Con la mirada clavada en los platos y servicios, ejerciendo instinto y vigilia con bases de una olvidada menarquia. Sobre su frente, montan sublimes canas, inspiradoras de vigor, de una fortaleza uterina y obrera, libre de pecados. En su sonrisa, se dibuja la impaciencia, la sugestión y la punición a la más insignificante desobediencia. Mi apego y devoción por ella eran bifurcación misma, en consecuencia de los años. Siguiente, a mi otro lado, el tirano y el patriarca, por no decir rey del hogar y procreador, un endomorfo de profesión y un aguerrido capitán de una moral de cripta, hombre de palabras punzantes y de voz profunda, despótico y colosal, con puños cuyas venas marcan los apócrifos estigmas de la victoria. Él, cuyo bigote desafía a la venganza, cuyo ceño endurece el petróleo y revienta la incertidumbre y la insensatez. Vestido de corbata y de terno módico, resaltando la elegancia del caballero ejemplar. Rosando sus patillas de militar obcecado, traidor del tiempo. Siempre con un gesto de dominio, pellizcaba disimuladamente, los pelos de sus muñecas y arreglaba con obsesivo tinte, los botones de sus puños. Por último, yo, cabizbajo y confuso, incluso hereje, acoquinado ante las acérrimas posturas, ante el apetito de todo principio y de la acomedida costumbre, sumado a la lacerante espera, hijo de la impaciencia y ladrón de opiniones despectivas. En suma cortesía, tanta ubicuidad en el detalle presionaba mis neuronas y atormentaba mi protervo juicio, llevándome al desvarío y al extravío, a la fútil catarsis de monaguillo de plumas y de huesos débiles… y todos, son testigos de la constante presión que incomoda desde que comencé a arrojar palabras.
Fuera de expectaciones, el banquete tironeaba y canturreaba su curso. Sin más consciencia de melopeyas y de retratos tétricos, degustábamos la comida y hacíamos del goce, una magia remilgada en respiros de satisfacción. Y allí estábamos, cada uno maniobrando de picadillo en picadillo.
No sé en qué momento, resbalaron o aterrizaron las fragmentarias piezas de un pavo, del que yo, engullía con vehemencia y, con el cual jugué a ser criminal y propiné cortes por aquí y por allá, jugando a la autopsia en abrigo del placer gastronómico. Además, hubo estentóreos sonidos y salpicadas, trozos de carne dorada desparramándose en grasa sagrada en derredor. La mutilación hecha un arte. Y yo, perdido, abstraído, pero vuelto una bestia de estómago abismal, consumiendo. Sin embargo, tenía unos destellos y pequeños encuadres, donde en borrosa imagen, contemplo a mis padres y a mi hermana comer serenos y adeptos a un ritual mucho más ortodoxo. Y no recuerdo nada más… Fue un brusco salto de mis observaciones y de la despellejada acción, pero… tengo memoria de una figura esquelética avanzando hacia la mesa y que pone en su centro, el cocinado animal, para que tengamos la oportunidad de seleccionar y de perforar. Aunque haya acontecido más extraña servidumbre, lo siguiente me ahoga más, porque en una goteada reminiscencia puedo sentir y evidenciar, como una espesa niebla invadía el comedor y eliminaba el resto del hogar y de la realidad. La divisé, como un espectro orondo coqueteándonos y contaminando la atmósfera, si bien, eso no es todo… porque el cadáver del pavo estaba urente, emanando energía y en un fuego casi caricaturesco que no quemaba… Y peor, no sé, por qué, mi labios se apretaban y mis oídos tiritaban ante la revelación de ciertas oraciones. Pensé que era el azar, pero no… faltaba alguien, el supuesto invitado. Y nosotros, ya éramos parte del espectáculo desenfrenado de la deglución y próxima digestión, lo que nos lleva a la torpeza de la prioridad estomacal y el desplazamiento de aquel renombrado.
Era el diablo, él… ¿dónde estaba?, ¿por qué no llegaba? Era la pregunta, la errante pregunta que desperfiló mis nervios y acribilló mi vulnerable mentalidad… ¿cómo me había olvidado?… ¿o no lo había hecho?… ¿tan profundo era el evento y tan tácita la ocurrencia que mis entrañas lo sabían mejor que mi cabeza? De ahí deviene la espera y aquel decoro, ornamental y rimbombante hecho culmine abandonado entre la carne de mis dientes, que asimismo, se pega al paladar.
Avanzado el minutero, mis dedos untuosos capturaban, mi boca devoraba y obtenía un triturado de cartílagos. Se aceleraba mi respiración y mi corazón y su vez, el hambre no cesaba y mi necesidad por tragar como una bestia aumentaba. En una manía provechosa, con risotadas que pudieron convertirse en el regurgitar y que pudieron atascar mi garganta y haber hecho de la cena, un funeral. Mi ser era la presa de la hiperquinesia primitiva, en mecánica cacería, continuaba… ¿y qué más da? Los veía y merodeaba entre olores y sabores. Ya asumía que éramos mártires de sortilegio… ¿y Lucifer?… Al diablo con el diablo, que se queme en sus aposentos y que se castre con su tridente de mal agüero, sucio imprudente e impuntual.
Me burlaba de todo, de lo absurdo, de lo rápido que comía y de no poder observar cómo mis manos atropellaban a los demás en mi egoísta deseo de consumo. ¿Y ellos?… Mi padre, era un ogro, mi madre, una parca y mi hermana, un cuerpo embalsamado. Lentos y escuálidos en el acto, los miserables. Ellos, los cánones del detrimento burgués y los cosechadores de mi misantrópica perspectiva, comiendo como en el resto del año, los muy prosélitos. Nuevamente, negligentes ante lo importante. ¿Y el diablo? – “El diablo ya vendrá”-. La respuesta que todos compartieron y que sobró de postre.
Durante un momento, cambié la óptica y pude divisar en mis manos cómo llevaba entrañas a mi boca. En reacción precipitada, escupí sangre, músculos molidos y un par de dientes de los cuáles según yo, no provenían de mí ser. Sentí el terror asomarse, con pestilente aliento y con un torcido baile apoderarse de mis papilas gustativas, sin mencionar otros sentidos. Fui merced de tal repugnante y arisco estímulo, pariendo la brutal respuesta de asco. Comencé disparar una grotesca mescolanza sin dirección alguna, perdiendo el escrutinio, la emoción y el nutriente. Una amarga retahíla de morbosidad me impregnaba, seguida de una abrupta caída me llevé hacia atrás, nublando mi vista y despidiéndome con dolores manifiestos en hormigueos, hasta que reposé un poco.
Y desperté… en el dormitorio, en un baño de dimensión gigantseca, sin ventanas y de cerámica sucia y azulada. Ahí, en la obscuridad y la bahorrina, carente de asepsia, bajo un estado febril que convertía en un bufón de la enfermedad o partidario de la presunción dialéctica. Junto a mí, yacía mi madre, vestida como una monja, acariciándome el húmedo rostro. Divisaba un cristo sujetarse en su pecho. Un cristo desgraciado que se quejaba ante mí, que me culpó de su crucifixión. Un cristo que se crecía y crecía.
Grité y grité, hasta que cubrieron mi boca y me obligador a besar la almohada. Fue molesto. Sin parásito que me devolviese el sueño, sin virus que apaciguara mi onirismo. Después de repetidos movimientos de cabeza, cesé. Mi madre comenzó a acariciarme: -¿Recuerdas cuando el huérfano de habló sobre él?-
Y en ensoñación recordé, un no sé cuándo, mi conversación con aquel huérfano de espíritu paupérrimo. Yo lo esperaba sentado en la cama, al otro lado de la habitación, y, después de defecar detrás de otra cama (porque retretes no habían), subiéndose los pantalones y con suma felicidad, aparecía. Me narró con una vocecilla de ratón cosas que no recuerdo y me dijo, que el diablo era un dichoso, un dionisiáco por excelencia, un libérrimo del jolgorio que estaba siempre atento a nuestros errores y que nos abrazaba desde la cuna… que viene y que va y que todo daba igual.
¡Qué recuerdo más vacuo!… Abrí los ojos y en soledad del despertar, me propuse buscar coherencias. Me atosigaban tantas sensaciones desaforadas… me hastiaba estar en cama, más aún en aquella habitación que aparentaba ser el dormitorio de enfermos con problemas urinarios… Me levanté y con mostrencos pasos, salí de las sombrías y mojadas paredes y pisos. Me dirigí hacia la entrada, la cual mostraba un enceguecedor resplandor, como puerta al paraíso.
Y salí… pero no a un lugar iluminado, sino a un patio techado. Una especie de inexistente cuarto donde abundaban instrumentos y artefactos de toda índole, con viejos objetos que representaban la infancia y los fracasos de una economía familiar, pero, el patio seguía siendo patio, tenía en su suelo el verde del pasto. Pero no estaba solo, porque a lo lejos, yacía mi madre y mi hermana, risueñas y con los ropajes de la cena. Al otro lado, estaba una indolente criatura que en un principio, no parecía viva. Mi madre se acercó y depositó en mi mano finos trozos de tallos y hojas de cilantro. Alimentar al cerdo era mi labor. El enhiesto animal (la criatura) no tenía ojos, no tenía boca, ni orejas, ni nariz, ni extremidades, ni orificio alguno. Era gordo, grueso y alto. Era una cecina de marrón malévolo con lunares de diversos tamaños. Estaba ahí, muy quieta, hasta que comenzó a moverse sinuosamente de un lado a otro, sin avanzar. Era lo que comíamos, era un cerdo, que había que seguir engordando para obtener mejores y rechonchas carnes. Y me aproximé sin miedo, para obrar. En su cabeza, en forma de corona, desparramé el cilantroque absorbió con ahínco. El verde se hundió en la parte superior de su cuerpo. Tenía mucha hambre.
Mis mujeres aplaudieron y celebraron mi nuevo aprendizaje. Yo me sentí feliz… pero no por mucho tiempo, ya que de un momento a otro, prorrumpió un grito, desde otra habitación… ¡qué fue eso! Quería averiguarlo y corrí… corrí sin saber a dónde… me sumergí en pasillos de un hogar desrealizado, que ya no reconocía, con el grito retumbándome en la cabeza, con la sospecha, la curiosidad y el miedo empujando mis pasos…
Llegué… en el centro del salón (que estaba frente al comedor, que sólo vi de reojo)… sobre la alfombra, yacía mi padre, muerto, con sangre brotando del pecho. Me acerqué y boquiabierto vi cómo aquel hombre despertaba en mí, los sentimientos más equívocos y contradictorios en un breve pestañear de ojos… No me interesaba cómo y el por qué… tan sólo quería acercarme y verlo… Su rostro estaba desfigurado en una mueca de espato y de su pecho, fluía y fluía sangre, sin origen, porque en mi apresurado despertar, abrí su camisa… un charco de sangre aparecía sobre él sin tener una fuente verosímil… Y luego, el rojo de aquella sangre… el rojo de los ojos de mi padre… el rojo del olor a carne de la habitación, el rojo de la lumbre encendida a unos metros de mí…el rojo de mi lengua que cada vez comenzaba a secarse… el rojo de un cuerpo que nunca tuvo cuerpo…el rojo del dolor, de la intensidad, de mis agitación, de mi alarma, de mi escozor mental… estaban.
Y allí, crasamente sentí como nunca, al invitado que no llegó. Sentí a aquel ser del cual siempre tuve conocimiento y del cual nunca me digné a sentir. Por primera vez, me concentré en el rojo… Reconocí mi ceguera y comprendí su posición y cómo la muerte, concluía su ópera.
Una distorsionada temperatura recorrió mi espalda, lágrimas reemplazaron mi razón y el miedo, tomó forma humana. El miedo, escribió mi nombre. Y el infierno, vivió en mí desde entonces.