Letras, letras, letras...y tú
El paladar del diablo

En la obtusa noche, al compás de la penumbra, nos preparábamos para la admonitoria presencia del convidado ominoso, mientras derretíamos nuestras cavilaciones bajo el crepuscular síntoma de la vergüenza y del espanto. Con preámbulos y, con amortajadas conjeturas, en este romántico preludio, he podido concebir como nuestros crímenes se barajan al ritmo de nuestra ignorancia, similar al péndulo del reloj que se balanceaba hasta acaecer en una morosidad cada vez más suspendida a nuestras prerrogativas. Una mancha en la oración y una aguja en el lenguaje en cada segundo que se relata.

La escena se conformó por nuestra familia, cada uno de nosotros sentado en el comedor, respetando la tradicional simetría de una solemne cena, en conmemoración a nuestros invisibles invitados, en la directriz del protocolo del cinismo, con atractivo nocturno. La mesa, opípara y de abundancia monumental, con manjares exuberantes y estrambóticos, en un orden deleitoso, al servicio del símbolo de la gula, tras nuestras mendaces preparativos. En otro lugar, cubiertos del cromo herrumbroso, el mantel pueril de antaño, platos de artesanía casquivana, copas escanciadas de rojo brebaje y recipientes de transparencia soporífera, cuyos lisos bordes marcaban la frontera entre el hambre y el exceso. De aperitivos y entradas, ensaladas con tentáculos de pulpo rebanados sobre lechuga verde vivaz, bañados en un ácido jugo limón, componiendo así, una cubierta pegajosa bañada en aceite árabe. También había tomate rebanado en finas rodajas, aliñado con dientes de ajo y trocitos de cebolla, sabrosos tanto como para vampíricos como para licántropos. Y para beber, el susodicho, el sanguinoso y espeso vino, abierto después de décadas de obscuridad y añejamiento, víctima de la claustrofóbica reserva.

Para renombrar y desnudar a mis estatuas, estaba mi hermana, provocativo ser de sexo sensual, de carnes blancas y de curvas difuminadas a la luz de la sombra, provocativa proyección de las velas del candelabro oblicuo. Ella, la rubicunda de emociones flamígeras, la del cuello alargado, con su collar plateado de pétreas y minúsculas geometrías que rodeaban y elogiaban sus hombros. Maquillada melindrosamente con azulejos y sombras en pestañas. Voluptuosa de labios rojos y de perfumes incautos. Su cabello, peinado con la minucia que develaba su serena faz, catadura, con párpados pesados, abnegada del insomnio. Erguida frente a la mesa, cubierta en negro, estirando sus fríos dedos para relucir sus uñas de esmalte instigador, que inconscientemente, citaba en mi imaginación, su monte de venus y la concupiscencia carnal. A su lado, mi reverenciada madre, mujer de conservados contrates y arrugas de remota experiencia, con encanto superficial pero lustrado, ciñéndose a la madurez en sus rizos, en sus joyas y en el alargado vestido de un desdeñoso amarillo, decolorado por una mancillada dignidad. Con la mirada clavada en los platos y servicios, ejerciendo instinto y vigilia con bases de una olvidada menarquia. Sobre su frente, montan sublimes canas, inspiradoras de vigor, de una fortaleza uterina y obrera, libre de pecados. En su sonrisa, se dibuja la impaciencia, la sugestión y la punición a la más insignificante desobediencia. Mi apego y devoción por ella eran bifurcación misma, en consecuencia de los años. Siguiente, a mi otro lado, el tirano y el patriarca, por no decir rey del hogar y procreador,  un endomorfo de profesión y un aguerrido capitán de una moral de cripta, hombre de palabras punzantes y de voz profunda, despótico y colosal, con puños cuyas venas marcan los apócrifos estigmas de la victoria. Él, cuyo bigote desafía a la venganza, cuyo ceño endurece el petróleo y revienta la incertidumbre y la insensatez. Vestido de corbata y de terno módico, resaltando la elegancia del caballero ejemplar. Rosando sus patillas de militar obcecado, traidor del tiempo. Siempre con un gesto de dominio, pellizcaba disimuladamente, los pelos de sus muñecas y arreglaba con obsesivo tinte, los botones de sus puños. Por último, yo, cabizbajo y confuso, incluso hereje, acoquinado ante las acérrimas posturas, ante el apetito de todo principio y de la acomedida costumbre, sumado a la lacerante espera, hijo de la impaciencia y ladrón de opiniones despectivas. En suma cortesía, tanta ubicuidad en el detalle presionaba mis neuronas y atormentaba mi protervo juicio, llevándome al desvarío y al extravío, a la fútil catarsis de monaguillo de plumas y de huesos débiles… y todos, son testigos de la constante presión que incomoda desde que comencé a arrojar palabras.

Fuera de expectaciones, el banquete tironeaba y canturreaba su curso. Sin más consciencia de melopeyas y de retratos tétricos, degustábamos la comida y hacíamos del goce, una magia remilgada en respiros de satisfacción. Y allí estábamos, cada uno maniobrando de picadillo en picadillo.

No sé en qué momento, resbalaron o aterrizaron las fragmentarias piezas de un pavo, del que yo, engullía con vehemencia y, con el cual jugué a ser criminal y propiné cortes por aquí y por allá, jugando a la autopsia en abrigo del placer gastronómico. Además, hubo estentóreos sonidos y salpicadas, trozos de carne dorada desparramándose en grasa sagrada en derredor. La mutilación hecha un arte. Y yo, perdido, abstraído, pero vuelto una bestia de estómago abismal, consumiendo. Sin embargo, tenía unos destellos y pequeños encuadres, donde en borrosa imagen, contemplo a mis padres y a mi hermana comer serenos y adeptos a un ritual mucho más ortodoxo. Y no recuerdo nada más… Fue un brusco salto de mis observaciones y de la despellejada acción, pero… tengo memoria de una figura esquelética avanzando hacia la mesa y que pone en su centro, el cocinado animal, para que tengamos la oportunidad de seleccionar y de perforar. Aunque haya acontecido más extraña servidumbre, lo siguiente me ahoga más, porque en una goteada reminiscencia puedo sentir y evidenciar, como una espesa niebla invadía el comedor y eliminaba el resto del hogar y de la realidad. La divisé, como un espectro orondo coqueteándonos y contaminando la atmósfera, si bien, eso no es todo…  porque el cadáver del pavo estaba urente, emanando energía y en un fuego casi caricaturesco que no quemaba… Y peor, no sé, por qué, mi labios se apretaban y mis oídos tiritaban ante la revelación de ciertas oraciones. Pensé que era el azar, pero no… faltaba alguien, el supuesto invitado. Y nosotros, ya éramos parte del espectáculo desenfrenado de la deglución y próxima digestión, lo que nos lleva a la torpeza de la prioridad estomacal y el desplazamiento de aquel renombrado. 

Era el diablo, él… ¿dónde estaba?, ¿por qué no llegaba? Era la pregunta, la errante pregunta que desperfiló mis nervios y acribilló mi vulnerable mentalidad… ¿cómo me había olvidado?… ¿o no lo había hecho?… ¿tan profundo era el evento y tan tácita la ocurrencia que mis entrañas lo sabían mejor que mi cabeza? De ahí deviene la espera y aquel decoro, ornamental y rimbombante hecho culmine abandonado entre la carne de mis dientes, que asimismo, se pega al paladar.

Avanzado el minutero, mis dedos untuosos capturaban, mi boca devoraba y obtenía un triturado de cartílagos. Se aceleraba mi respiración y mi corazón y su vez, el hambre no cesaba y mi necesidad por tragar como una bestia aumentaba. En una manía provechosa, con risotadas que pudieron convertirse en el regurgitar y que pudieron atascar mi garganta y haber hecho de la cena, un funeral. Mi ser era la presa de la hiperquinesia primitiva, en mecánica cacería, continuaba… ¿y qué más da? Los veía y merodeaba entre olores y sabores. Ya asumía que éramos mártires de sortilegio… ¿y Lucifer?… Al diablo con el diablo, que se queme en sus aposentos y que se castre con su tridente de mal agüero, sucio imprudente e impuntual.  

Me burlaba de todo, de lo absurdo, de lo rápido que comía y de no poder observar cómo mis manos atropellaban a los demás en mi egoísta deseo de consumo. ¿Y ellos?… Mi padre, era un ogro, mi madre, una parca y mi hermana, un cuerpo embalsamado. Lentos y escuálidos en el acto, los miserables. Ellos, los cánones del detrimento burgués y los cosechadores de mi misantrópica perspectiva, comiendo como en el resto del año, los muy prosélitos. Nuevamente, negligentes ante lo importante. ¿Y el diablo? – “El diablo ya vendrá”-. La respuesta que todos compartieron y que sobró de postre.

Durante un momento, cambié la óptica y pude divisar en mis manos cómo llevaba entrañas a mi boca. En reacción precipitada, escupí sangre, músculos molidos y un par de dientes de los cuáles según yo, no provenían de mí ser. Sentí el terror asomarse, con pestilente aliento y con un torcido baile apoderarse de mis papilas gustativas, sin mencionar otros sentidos. Fui merced de tal repugnante y arisco estímulo, pariendo la brutal respuesta de asco. Comencé disparar una grotesca mescolanza sin dirección alguna, perdiendo el escrutinio, la emoción y el nutriente. Una amarga retahíla de morbosidad me impregnaba, seguida de una abrupta caída me llevé hacia atrás, nublando mi vista y despidiéndome con dolores manifiestos en hormigueos, hasta que reposé un poco.

Y desperté… en el dormitorio, en un baño de dimensión gigantseca, sin ventanas y de cerámica sucia y azulada. Ahí, en la obscuridad y la bahorrina, carente de asepsia, bajo un estado febril que convertía en un bufón de la enfermedad o partidario de la presunción dialéctica. Junto a mí, yacía mi madre, vestida como una monja, acariciándome el húmedo rostro. Divisaba un cristo sujetarse en su pecho. Un cristo desgraciado que se quejaba ante mí, que me culpó de su crucifixión. Un cristo que se crecía y crecía.

Grité y grité, hasta que cubrieron mi boca y me obligador a besar la almohada. Fue molesto. Sin parásito que me devolviese el sueño, sin virus que apaciguara mi onirismo. Después de repetidos movimientos de cabeza, cesé. Mi madre comenzó a acariciarme: -¿Recuerdas cuando el huérfano de habló sobre él?-

Y en ensoñación recordé, un no sé cuándo, mi conversación con aquel huérfano de espíritu paupérrimo. Yo lo esperaba sentado en la cama, al otro lado de la habitación, y, después de defecar detrás de otra cama (porque retretes no habían), subiéndose los pantalones y con suma felicidad, aparecía. Me narró con una vocecilla de ratón cosas que no recuerdo y  me  dijo, que el diablo era un dichoso, un dionisiáco por excelencia, un libérrimo del jolgorio que estaba siempre atento a nuestros errores y que nos abrazaba desde la cuna… que viene y que va y que todo daba igual.

¡Qué recuerdo más vacuo!…  Abrí los ojos y en soledad del despertar, me propuse buscar coherencias. Me atosigaban tantas sensaciones desaforadas… me hastiaba estar en cama, más aún en aquella habitación que aparentaba ser el dormitorio de enfermos con problemas urinarios… Me levanté y con mostrencos pasos, salí de las sombrías y mojadas paredes y pisos. Me dirigí hacia la entrada, la cual mostraba un enceguecedor resplandor, como puerta al paraíso.

Y salí… pero no a un lugar iluminado, sino a un patio techado. Una especie de inexistente cuarto donde abundaban instrumentos y artefactos de toda índole, con viejos objetos que representaban la infancia y los fracasos de una economía familiar, pero, el patio seguía siendo patio, tenía en su suelo el verde del pasto. Pero no estaba solo, porque a lo lejos, yacía mi madre y mi hermana, risueñas y con los ropajes de la cena. Al otro lado, estaba una indolente criatura que en un principio, no parecía viva. Mi madre se acercó y depositó en mi mano finos trozos de tallos y hojas de cilantro. Alimentar al cerdo era mi labor. El enhiesto animal (la criatura) no tenía ojos, no tenía boca, ni orejas, ni nariz, ni extremidades, ni orificio alguno. Era gordo, grueso y alto. Era una cecina de marrón malévolo con lunares de diversos tamaños. Estaba ahí, muy quieta, hasta que comenzó a moverse sinuosamente de un lado a otro, sin avanzar. Era lo que comíamos, era un cerdo, que había que seguir engordando para obtener mejores y rechonchas carnes. Y me aproximé sin miedo, para obrar. En su cabeza, en forma de corona, desparramé el cilantroque absorbió con ahínco. El verde se hundió en la parte superior de su cuerpo. Tenía mucha hambre.

Mis mujeres aplaudieron y celebraron mi nuevo aprendizaje. Yo me sentí feliz… pero no por mucho tiempo, ya que de un momento a otro, prorrumpió un grito, desde otra habitación… ¡qué fue eso! Quería averiguarlo y corrí… corrí sin saber a dónde… me sumergí en pasillos de un hogar desrealizado, que ya no reconocía, con el grito retumbándome en la cabeza, con la sospecha, la curiosidad y el miedo empujando mis pasos…

Llegué… en el centro del salón (que estaba frente al comedor, que sólo vi de reojo)… sobre la alfombra, yacía mi padre, muerto, con sangre brotando del pecho. Me acerqué y boquiabierto vi cómo aquel hombre despertaba en mí, los sentimientos más equívocos y contradictorios en un breve pestañear de ojos… No me interesaba cómo y el por qué… tan sólo quería acercarme y verlo… Su rostro estaba desfigurado en una mueca de espato y de su pecho, fluía y fluía sangre, sin origen, porque en mi apresurado despertar, abrí su camisa… un charco de sangre aparecía sobre él sin tener una fuente verosímil… Y luego, el rojo de aquella sangre… el rojo de los ojos de mi padre… el rojo del olor a carne de la habitación, el rojo de la lumbre encendida a unos metros de mí…el rojo de mi lengua que cada vez comenzaba a secarse… el rojo de un cuerpo que nunca tuvo cuerpo…el rojo del dolor, de la intensidad, de mis agitación, de mi alarma, de mi escozor mental… estaban.
Y allí, crasamente sentí como nunca, al invitado que no llegó. Sentí a aquel ser del cual siempre tuve conocimiento y del cual nunca me digné a sentir. Por primera vez, me concentré en el rojo… Reconocí mi ceguera y comprendí su posición y cómo la muerte, concluía su ópera.

Una distorsionada temperatura recorrió mi espalda, lágrimas reemplazaron mi razón y el miedo, tomó forma humana. El miedo, escribió mi nombre. Y el infierno, vivió en mí desde entonces.

Modelo a escala

 

   Don Rubén subió a toda prisa la escalera. Estaba furioso. No pensaba en contener su enojo durante los próximos minutos ni menos los próximos días. Su corazón latía con tanta vehemencia que sentía un pequeño ascensor mecerse en su garganta, de arriba hacia abajo, con posibilidades de atascarse.

   Doña Valentina tuvo que soportar los ruidosos zapatazos propinados en cada peldaño por nuestro iracundo caballero.

   Se detuvo frente a la habitación de su hijo, Armando. No esperó ni pensó en esperar. Abolió todo tipo de cortesía como tocar o avisar con su voz, por lo que irrumpió gravemente empujando la puerta con su fornido cuerpo, forzando el picaporte y girándolo de derecha a izquierda, quebrando piezas de la cerradura; el acero de una casa cuya armonía comenzaba a ser evanescente.

- ¡Abre la puerta, mocoso!

   Repetidos golpes afuera de la habitación. Doña Valentina comenzó a preocuparse, pero decidió finalmente no intervenir en un asunto tan severo como éste aparentaba serlo. No se tenía fe para apaciguar a la bestia de su marido, para variar, tema de hombres, que se debe arreglar como hombres (adultos para ser más específico), en el estricto sentido machista de los consensos que se llevan a cabo en hogares de puertas resistentes.

- En seguida. Déjate de empujar.

   El cerrojo giró. Se abrió la puerta. Sin sorpresa del padre, no había nadie para recibirlo. Levemente más al fondo de la habitación, ubicado en un espacio próximo a la ventana, se encontraba el joven Armando, sentado en su escritorio en compañía de un lápiz pasta color negro sin tapa y una hoja cuadriculada cuyos bordes no habían sido respetados en su divorcio con el cuaderno. Por lo visto, interrumpió la redacción del joven, quien se había precipitado en abrirle la puerta a su padre y volver inmediatamente a su labor, a su nicho.

- Quiero que dejes de hacer lo que haces y que me escuches.

- Eres bastante impertinente tú.

- Escúchame bien pendejo… me acaban de llamar los padres de Jaime, un chico el cual dicen que has molestado el último tiempo y a raíz de ello ahora quiere suicidarse. Me acabas de dar otro problema.

- Me quieren responsabilizar de los atascos de ese pendejo, no me competen.

- ¿Cuál es el problema entre tú y él?

- El problema ya fue resuelto papá. Lo encaré, de dejé claro cómo funcionan las cosas.

- ¿Y cómo lo hiciste?

- Dándole algo propio, algo que no olvidará.

- ¡Déjate de hablar así! ¡No estamos en ningún thriller! ¡Qué cresta le hiciste! ¿Amenazarlo?, ¿golpearlo?, ¿humillarlo?

- Le dije una verdad.

- ¿Qué verdad?

   Armando se apartó de su cómodo aposento. Se movía lentamente, articulando cuidadosamente todos sus movimientos. Se levantó y apoyó en una pared próxima a una repisa; asumió una postura de “vamos al grano” sin querer ir al grano.

- No tengo que decírtelo todo…

- Vas a decírmelo, pendejo del demonio… ya es suficiente con que seas un vago en la casa y en el colegio. Ya has fallado lo suficiente. Ya te he dado demasiada libertad.

- ¡Nunca pones atención a lo que hago!

- ¡Nunca haces nada! ¡Nunca haces nada ni por ti mismo o por nosotros! ¡Nos decepcionas!

- ¡Habla por ti, rufián de mierda! Mamá me quiere y tú también fallas, como padre y como marido.

   Armando dio un empujón a su padre e irrumpió en lágrimas. Un quejido sordo que gradualmente se convertiría en estallido. Llevándose las manos al rostro colorado, hizo un ademán de indiferencia y volvió a sentarse en su lugar predilecto. El padre lo observaba atónito y trataba de reorganizar sus palabras. El pequeño ascensor seguía estando averiado.

- Mira… no quiero pelear… sólo quiero que soluciones el rollo en el cual te has enfrascado. Ya eres grande, no quiero cargar con más responsabilidades. Reconsidéralo. Esa familia no tiene la culpa de…

- ¡Ése es tu problema! Tienes miedo de quedar mal con esa familia. Viejo, ponte en mi lugar, ponte en defensa mía.

- No puedo asumir nada sin que antes me digas qué mierda pasa entre tú y él.

   Hubo una pausa tensa después de tal aclaración. “Querido”… “Armandito”, fueron palabras proferidas por una preocupada Doña Valentina, quien inició el ascenso por las escaleras. Al percatarse de tal acción, Don Rubén cerró súbitamente la puerta con pestillo. Quería evitar intromisiones o posibles distracciones.

- No te metas mujer, esto es asunto de hombres.

Armando se quejó:

- Qué hombre… qué padre, qué hijo…

- ¡Dime qué mierda pasa de una vez!

- No quiero…

- Eeeeehhhmmm, ¿no vas a hablar conmigo?, ¿con tu viejo?

- No soporto que cada vez que tenemos un lío tengas que recordarme cuál es tu lugar y cuál es el mío.

- Hijo, en es serio, ¿cómo crees que me siento después de recibir la llamada de un aquejado matrimonio y más encima, recibir una amenazada de ellos?

- ¿Qué amenaza?

- Me pueden demandar…

- Tú no has hecho nada…

- Sí, pero tú estás bajo mi cargo.

- Entonces hazte cargo de una vez.

   Don Rubén comenzó a aproximarse lentamente hacia su hijo, pretendiendo lograr algo de cercanía o tratando de recuperar la intimidad.

- Hijo, ¿cuál es el lío entre ustedes dos?, ¿compiten por algo?, ¿venganza?, ¿alguien más en el juego?

   No hubo respuesta ante las interrogaciones. Frente a ello, el padre merodeó por la habitación, ofuscado y sumido a su en derredor, observando la alfombra, la cama, algunas prendas de ropa tiradas, unas revistas y un escritorio con lo que parecía ser una carta a medio redactar.

   La madre volvió a tocar la puerta, a lo el padre acudió, abriéndola y echándole un vistazo a su mujer: “Todo está bajo control, amor… está que se soluciona”. Luego volvió su vista hacia la hoja misteriosa. Un repentino atisbo calmó su exaltación y moderó su afán inquisitivo.

- ¿No será por alguna chica, hijo?

   El joven no respondió pero se sonrojó más que nunca. En su boca se dibujó una mueca de nerviosismo, acompañada de un retraimiento de brazos y piernas. Después de ello, se dio la pausa más larga de todas.

- ¿Por qué no me lo dijiste antes, hombre?

- No tengo nada que decirte…

- Déjame ver…

- ¡No!

- Déjame saber o por lo menos cuéntame.

- No…

- ¡Vamos!

- ¡No!

   El diálogo se tornó más grave y circulatorio que nunca. Los tonos de voces erupcionaban.

- ¡Dime de una vez, joder!… ¡Te cuesta reconocer que te la cascas por una mina!

- No te diré nada sobre él.

- Sobre… ¿él?

   Una avalancha de emociones violentas y aterradoras se abalanzó sobre Don Rubén, quien escuchó sin dudar de lo que había oído. En un pestañear, la muerte de sus expectativas, la frustración máxima, su miedo más íntimo personificado en las palabras de su hijo. Una escena de su vida que no podría tolerar, un instante en donde su raciocinio se esfumaría para dar contienda a sus valores y creencias como padre, como hombre… como realmente era. La viva imagen de un hombre acariciando el pecho de otro hombre mientras se remojaba los labios.

- ¡Hijo de puta!

   En un arrebato, Don Rubén levantó a su hijo por los hombros y lo lanzó hacia la repisa que se ubicaba unos metros cerca de él. El asalto fue desmedido, abundante en fuerza bruta y realmente estrepitoso. El choque del cuerpo del adolescente colisionó con la madera del pequeño soporte. En ese mismo instante, de la pequeña estructura cayó un diminuto aeroplano a escala, cuyas piezas se ensamblaron en una época muy cercana a los primeros años en los que un padre y un hijo pudieron materializar una obra. Ahora, sobre el piso yacían los restos destruidos de un modelo; de un acero maleable y coloreado. Una distinguible reproducción de una pieza de transporte hecha un desorden.

- ¡Mierda! Mira lo que hemos hecho…

- Junta las piezas, reúnelas…

- Iré a buscar el pegamento, ahora.

- Date prisa.

Soliloquiando

Tanto delirio, ¿y para qué?

El tren de los delirios huyó de mí. Huyó sin aviso previo y alguno. Huyó emitiendo un desquiciado tropel de insidiosos ruidos mecánicos y de estrepitosas y ahogadas carcajadas por parte de sus pasajeros. Huyó con tanta prisa, con tanta violencia, con tanta fuerza que nunca podré olvidar su omnipotente tamaño, sus bordes en acero oxidado, su vasta chimenea, sus herrumbrosas ruedas, sus pequeñas ventanas empañadas. Huyendo de mí y para colmo, todo pasó tan rápido…

Estaba yo, sentada en medio de la estación, comiéndome ese helado de vainilla que tanto me ayudaba a olvidar las estupideces del día a día… ¿por qué allí?… de vez en cuando deambulo por los rincones de mi ciudad y me dispongo a reposar en el lugar donde pueda desahogarme un poco, olvidarme de las responsabilidades cancerígenas y de alejarme de las muchedumbres turbadas, divagar libre de culpas y francamente, ser una misántropa de terciopelo mullido.

Abandonada y meditabunda, somnolienta y a la vez preocupada por los transeúntes y sus agitados pasos. Me irritaban esos pasos.

En ese momento, se me acerca un hombre de suma estatura ataviado de uniforme distinguido, azul e impecable, para colmo, bien peinado, todo un ejemplar, madre mía. Me señaló un tren; uno muy particular, que estaba en frente mío. Parecía que iba a marchar en unos leves instantes. Me salpicaba con su mirada que a veces esquivaba para verificar el reloj, para que todo estuviese en orden.

Seguí lengüeteando mi helado mientras pensaba en preguntarle hacia donde iba el transporte, pero no quise, no me dio la gana. El hombre se quedó más minutos de los necesarios acompañándome, esperando una especie de respuesta que nunca le di, pero bueno, nunca preguntó; mi rostro no invita a eso (quizás preocupado al ver a una joven sola en una estación), hasta que se fue a atender a muchos transeúntes que emprendían su ingreso el tren. Es decir,  vigilante decidió ser un hombre más pragmático y quizás altruista; acudir al llamado de la selva.

Distinguidos señores y señoras con mucho trabajo, con muchas maletas, con mucha prisa, sobrecargados. Es que a veces, la cotidianidad pesa más que cualquier bolso, más que cualquier rollo en el abdomen, más que cualquier planeta en la espalda de Atlas, digamos, todos de vez en cuando somos un Atlas… Oh, pude contemplarlo todo. Desde jovenzuelos que se detenían ante las puertas de la máquina, indecisos de su “travesía”… hasta mujeres que al sentarse en los cómodos asientos, volteaban páginas de libros…. ¡Yo no sé para qué se sientan en las ventanas!

Y para entretenerme un rato, el tren de los delirios lo llamé… el tren albergarte de sujetos de consciencias alteradas, presas de ansiedad proyectada en otros destinos geográficos, desatentos de donde pisan en cada estación, desorientados del paradero buscando la suerte en cada nuevo pasaje inscrito en su boleto.

Es aquella nueva manera de hacer política, de hacer amor, de hacer identidad. Ok, puede que esté siendo demasiado irónica y demasiado despectiva al generalizar tanto al tratar a todos los errantes como ovejas del mismo rebaño, pero qué más, lo intuyo, soy libre de pensar, pierdo el tiempo, no como ellos, subordinados del reloj, al horario, a los números, a la métrica banal. Además, siempre me dieron asco los viajes en tren… sí, estoy teñida, ¿y qué? Sigo disfrutando de mi helado.

Y allí estaba el guardia, monitoreando la obviedad de pasajeros subiendo y bajando, porque unos llegan y otros se van; de regreso a casa o de partida a iniciar el viaje de “héroes”. Sin mucho más que hacer (ahora ellos y yo), sigo evaluando.

Más allá va la señora con sobrepeso, con su sombrero blanco y una canasta llena de manzanas tan rojas como sus mejillas, que le darán la bienvenida al paraíso (las manzanas claro). Allá van hombres ocupados, grandilocuentes apegados a sus teléfonos, hombres de negocio que contemplan los mismos paisajes que están dispuestos a destruir en beneficio de sus empresas. Y no olvidemos a los niños, pequeños ilusos que se arrellanaran en sus asientos para después disfrutar el tedio del movimiento, mientras las solteronas huyen de sus desilusiones amorosas. Es que no faltan quienes interpretan la escena de telenovela. Aceptémoslo, la realidad a veces es como la pintan esos cuadros.

Váyanse a probar, váyanse. Ya fui demasiado mordaz en todo mi discurso.

Pero qué, el tren no se mueve, no se mueve. A cada instante se repiten las mismas acciones, los abrazos, las palabras, los equipajes. Más encima, el auxiliar que limpia el piso los ve, con los ojos inyectados de ilusión. No me digan él también quisiera huir de su puesto y evadir la limpieza subiéndose en los vagones.

El clima es repetitivo. Es más, ya me estoy hartando, pero no, no me retiraré del lugar hasta que cada trasero haya sido adecuado en su respectivo asiento. Y da lo mismo, sea ferrocarril, sea metro, esté en tierra, aire o mar, arrivederci y bon voyage (mentira).

Hasta que…todos subieron al tren, todos mientras dibujaban en sus rostros un par de sonrisas cuya naturaleza me es incuestionable… sonrisas de oreja a oreja que desconfiguraban sus rostros… sonrisas que se burlaron de mí.

Y quedé sola, comprendí que… no comprendí nada… ¿por qué no me invitaron?
No es que yo no haya querido subirme. Insisto, fue el tren, él huyó de mí…

¡Y mi boleto!… ¡Puto helado!

La cosecha

  El campesino era alto, robusto, de mediana edad, de movimientos torpes, de lenguaje vulgar, de presencia intonsa y de espíritu seráfico. De patillas largas, de mejillas aceradas, de puños sólidos, nariz respingada. Vestía una jardinera gris y usaba un sombrero de paja con agujeros en los bordes. Tenía mal aliento, la dentadura incompleta y unos kilos de compañía.

   Todos los días; madrugada donde el gallo reventaba su garganta, se levantaba desde las horas más tempranas para comenzar a sembrar semillas, a arar los campos y recoger la plétora de sus cosechas. Tenía hectáreas gigantescas dedicadas al cultivo de zanahorias, pero no del tipo común, éstas eran gigantescas y jugosas, sin olvidar lo de deliciosas. 

   Era lo único que sabía hacer en esta vida y lo hacía muy bien. Nunca aprendió otra cosa, no lo necesitaba. Nunca se avergonzó de aquello.

   Tenía una madre, moribunda anciana que padecía de una extraña enfermedad, cuyo remedio consistía en beber litros y litros de jugo de zanahoria, lo que le prolongaba más la vida. Calmaba su sed, sus malestares y humedecía su garganta. En cada casilla del calendario, su hijo bienhechor vaciaba una jarra con el brebaje en diferentes vasos; uno para cada hora correspondiente. Su madre, malagradecida como de costumbre, tragaba obedientemente hasta la última gota naranja que reposase en los bordes. Mientras lo hacía, solía siempre aborrecer a su cuidador, insultándolo con los peyorativos más ofensivos que pudiese proferir la gente del campo. Pero por otro lado, el campesino adoraba con devoción a su madre. Con una devoción que lo haría capaz de hacer hasta el acto más ignominioso de todos con tal de mantenerla otro día pregonando groserías desde su cama de colchón mullido.

   Un día, los campos se encontraban deteriorados. El suelo estaba destruido, los vegetales negros, la tierra seca, el aire saturado de polvo, el agua contaminada y rondaban los cadáveres de liebres alrededor. La cosecha había muerto y el terreno estaba estéril. Fue un evento repentino y una catástrofe para el campesino, pero peor que eso, para su madre. La anciana falleció al no obtener sus líquidos con premura. Su hijo, abatido por el suceso, se abstrajo de sus labores agrarias y dio ritual al cuerpo de la mujer cubriéndolo bajo un manto de telarañas que ella misma había tejido, ya que la mujer era hilandera de formación. Tenía unas uñas largas, que seguirían creciendo, según rumores y proverbios de antaño. Lágrimas se balancearon sobre los finos hilos de cristal que cubrían las verrugas y el tegumento seco de la difunta.

   El campesino no sabía qué hacer. Toda su vida había cosechado zanahorias… ahora se encontraba solo y desamparado, bruto y con su meollo holgado. Se entregó a la bebida. Gargantas y gárgaras de madurez.

   Una noche, después de haber vomitado sus miedos, sus penas, su whyskie de paladar fino y su última ensalada de zanahorias…  tambaleándose, salió de una taberna maldiciendo las grietas de los asfaltos y con un hálito pestilente a alcohol añejado. Llegó a parar en una esquina donde se encontraba un búho, ave noctámbula más excéntrica de cuello juguetón. Estaba en el semáforo mirando con atención al hombre en su estado de beodez. Entonces le ululo-habló. Le contó de dónde provenían las catástrofes que habían antecedido.

   Era un militar, un coronel de medallas oxidadas y de uniforme verde opaco. Un errante fantasma, una sierpe urbana que acosaba al pueblo ocasionando tragedias y malestares. Esta vez, no sólo había sido el responsable de contaminar las tierras del campesino, sino que también se había consumido la leche de todas las vacas, directamente de sus ubres hasta secarlas, y también había tragado huevos de gallina que al parecer estaban fecundados.

   El búho le invitó al campesino a tomar venganza del asunto. A ser hombre, a ser campeón. Sólo debía dirigirse hacia las fronteras, en donde supuestamente habitaba el culpable de los horrendos hechos. Si bien, el campesino no pareció comprender la historia del todo. Estaba asustado, confundido, abatido, no sabía qué hacer ni qué pensar, a lo que el búho, al notarse de la poca iniciativa y de la abundante ignorancia del hombre, prosiguió con sus sentencias admonitorias y finiquitó con una amenaza que es preferible no relatar.

   El campesino partió sin brújula, sin mapa, pero con un rumbo fijo. Horas y horas caminando y olvidando cada vez su objetivo. Gastando la goma de sus zapatos y cantando triviales canciones de cantautores bigotudos. Cerniéndose por tierras de tamarindos y zarzas cuyas sombras resultaban ser la única compañía del trayecto.

   En su andar de paso inocuo, una mañana, en pleno desierto vacío y silente, se encontró con un bebé que estaba jugando con una naranja, su juguete con cáscara, emulando una sonrisa con sus labios en desarrollo. Pero de repente, apareció un marinero fornido, un hombre adulto de mar, con sombrerito blanco, de esos con tatuaje de prostituta, de esos que apestan a moluscos. Comenzaban a forcejear por la naranja. El marinero intentaba con todas la fuerza de sus músculos arrebatarle la fruta al lactante, pero no lo conseguía. Es aquí donde el campesino intervino, preguntando al marinero sus motivos para intentar quitarle al niño su juguete. Éste no supo que responder y se sonrojó inmediatamente, llenando su rostro de vergüenza y prosiguiendo a bajarse los pantalones. Huyó corriendo a paso agigantado del lugar. Había sido un acto trivial y azarosamente heroico.

   En plenitud, el bebé como obsequio le concedió la naranja, la inesperada dávida no tan dávida. Una sonrisa de oreja a oreja gobernó el rostro del campesino, porque ahora tenía un nuevo compañero y un nuevo artilugio en el ancho bolsillo de su jardinera.

   Siguiendo el destino premeditado. El campesino caminaba sin cesar por el sueño, el hambre, la sed y la divertida masturbación. Llevaba al bebé cargando en sus hombros, el cual todas las noches comenzaba a argumentarle los fundamentos de la venganza; el valor de la sangre, la ira del hombre y la violencia de verdad… adagios de la bestia petrificada en los susurros cándidos de un neonato.

   Llegó a su destino, era una mañana nebulosa. El sector era bastante árido, con fisuras y grietas por todas las superficies, hablamos de una erosión antiquísima. Se respiraba la horrenda borrasca en cada inhalación. Había una caleta en una parte del desolado paisaje. Era pequeña y parecía que fuese a derrumbarse por su mediocre arquitectura. El campesino entró en la caleta. En el pequeño espacio, sentado entre paredes de madera añeja y pútrida, estaba ahí, la vetusta y lívida fisionomía de un acerbo militar que reposaba en sueños y que roncaba como un mismísimo cerdo. Iracundo y sediento del perverso sentimiento, el campesino enterró la naranja en el vientre del militar, quien bruscamente despertó, propinándole un golpe en la nuca con un bastón y dejando al agrario besar huellas de barro.

   Despertó el hombre. De nuevo afuera, atrapado por grilletes que oprimían sus nudillos y canillas, frente a un pizarrón gigante cuyos bordes se extraviaban en el horizonte en la neblina. Detrás de él, el militar, sentado en una silla de playa, en su trono, encarneciéndolo en el espectáculo. El bebé no estaba.

   En el pizarrón, letras chuecas de bordes temblorosos y de mentirosa lectura…” ¿Qué le dijo un espárrago a otro espárrago?”. Ésa era la oración que se repetía vertical y horizontalmente, ésa era la oración a la cual estaba condenado a dar vida, ése era su chiste.

   Dándole sentido al cuadro, de la nada, se abrió un agujero en la tierra y emergió un ser sepulcral, de amplia estatura, cubierto de sombras y emanante de energía férvida, quien comenzó a disputar una sangrienta lucha con el militar. Heridas, gritos, clemencia y pantalones orinados. Al final, el huésped del inframundo había resultado victorioso y, entre sus mortuorios hombros cargó el cadáver desgajado del belicoso. Se lo llevó a las profundidades, pero antes, pellizco el hombro del campesino para llamar su atención. El ser no tenía rostro, era obscuro y su voz era petrificante: - Todos debemos morir y matar, la muerte es el equilibrio de la naturaleza. Luego descendió de dónde provino y el abismo se cerró. El silencio volvió a ser una tempestad, no más ruidos.

   El campesino no pudo creer lo que vivió. Se dio cuenta de que no estaba sujeto por ningunas cadenas, pero lo del pizarrón si era cierto. Abrió sus ojos y respiró hondo. Miró su ombligo y pensó.

   El campesino regresó a su casa, pero ya no cosecha zanahorias. Ahora optó por hacer crecer filas y filas de naranjos que le darían las frutas más redondas y cítricas que se hayan visto jamás. Es por ello que un tiempo después, la madre del campesino falleció. Él siguió llenando las canastas.

Boxeo amateur

     Todos conocen la historia de Santino, el enclenque de los doce años desaprovechados, el mocoso de la cabellera alvina cuya distinción se hacía notar en el pueblo “Mandarinas”. Todos recuerdan la anécdota que hizo célebre a este jovenzuelo… y no es muy remota que digamos, porque sucedió hace un tiempo atrás. Hoy tenemos el gusto de presentártela. 

     Santino era un niño promedio, de calificaciones promedio, que tomaba en las mañanas un buen tazón de leche con avena en una cocina promedia. Su nombre se debe a una decisión patriarcal en honor al carácter italiano. Su familia respetaba la sagrada consigna judía ecuménica, obligándolo a poner una destacada estrella de David en su alcoba. 

     Santino tenía dos hermanos, un par de gemelos regordetes y traviesos. Sí, de esos mismos que se visten de la misma manera y que complementan el ruido insidioso en los pasillos cuando corrían. Éstos usaban remeras simétricas a rayas blancas y negras, pues ambos jugaban a ladrones infantiles, incautos y bergantes de la ley… ya saben cómo se veían y qué efecto compartían. Muy traviesos, dicha pareja de boliches, solían romper jarrón egipcio, ensuciar cama matrimonial, disputar los juguete Fisher Price y más encima, tocar por broma la habitación de Santino e interrumpir sus meditaciones de adolescente atolondrado y obtuso. Más que eso, su afanado gusto por las artes poéticas, la prosa del simbolismo, leyendo a Rimbaud mientras deslizaba su palma por su pecho desnudo de lampiño, de alvino, cuando hay rimas a la hora de narrar. No obstante, Santino no había sido uno de esos chicos rebosantes de felicidad, ya que su existencia vacilaba entre el conformismo y para peor, en la escuela nunca fue de muchos afiliados. Tampoco podemos tener amplias expectativas de un chico cuya melanina es decreciente y que prefiere huir del exterior refugiándose en las cuatro oscuras, frías y calladas paredes de su habitación. Por otro lado, sus padres nunca estuvieron de acuerdo con sus gustos, por lo que planearon sabotear su rutina, procurando privarla y entregarle un poco de éxito en dirección a una nueva meta. 

     Algunos antecedentes necesarios…

     El papá trabajaba en una fábrica de salmones, desmenuzándolos, enlatándolos y aglutinándose las manos de aceites mohosos, dado que no usaba guantes. Se dice que perdió el sentido del olfato después de trabajar alrededor de tres semanas. La mamá era cosmetóloga. Sí, una mujer de principios estéticos con la misión de corregir la vida de muchas otras desdichadas, porque Dios se equivoca de arcilla regularmente con miles de rostros… no domina el detalle, no. Dicha pareja tan noble quiso darle un vuelco a la vida de Santino, invitándolo a conocer la moda del deporte tonificador sudoríparo.

- Hijo, mañana empiezas a practicar Boxeo como los hombres. ¡Mañana quiero verte estilando testosterona!

     Sin duda, lágrimas tuvieron que descender por las pálidas mejillas de Santino ¡Qué cruel es el destino para sujetarlo a mordaces y salvajes combates donde sería presa desfavorecida de rivales con encías musculosas!

- ¡Mañana empiezas tu entrenamiento!

     Esa noche, Santino tuvo conversaciones con Rimbaud, pero no sirvieron de nada… la verdad es que empapó su almohada con vigor de amante, romántico escéptico y retraído. 

     Su modo de vida dio un giro rotundo. Ahora en las mañanas tenía que adoptar la disciplina de la alarma relogiana, usar ropa de atleta que resaltaba con su blandengue cuerpo y blanquecino tegumento. Para peor, elastano que apretaba sus criadillas.

     Comenzó a trotar bastante temprano, recorrer varias millas hasta que su cansino corazón golpease su respiración asmática. Botar saliva mientras ejerce paso con un pie adelante del otro. Gente que ríe por ver a esmerado, pero bufonesco muchacho de rodillas transpiradas en pavimentos próximos a hermosos jardines de barrio insolentemente poco humilde; de jardines con cerezos, ventanales ostentosos, rubios que desprecian la rayuela y adoran la campana.

     Santino, exhausto por desarrollar la primera fase de su entrenamiento, se sienta en una orilla frente a su casa, con los pies en la calle y la mirada cabizbaja por un sol que chamusca sus cejas… desmonta de su bolso una exquisita y sólida barra de turrón, la que comienza a morder y a mezclar con su saliva insípida y reseca. Mientras ocurre aquello, pasa una fila de ciclistas que al parecer no poseen brazos y aun así, recorren fatuos las calles con dignidad atlética y hasta altiva por la aceptada condición. Resalta un anciano de polera amarilla con el número 87. 

- Si ellos puedes ¿por qué yo no? 

     Santino sigue las órdenes de su padre, propio instructor, comiendo huevos crudos y haciendo lagartijas con el peso de un canguro de bronce depositado en su espalda. Saltando la cuerda como saltimbanqui de Florencia, apretando el abdomen con fuerza de acordeón, mirándose al espejo y recitando en su mente y verbalizando con su voz gangosa - ¡Soy el macho! Por último, su papaito prepara una habitación repleta de pesas matiz petróleo y cuelga en una esquina un gran salmón de peso colosal y tamaño dominante para que sea golpeado y maltratado. Fue más conveniente esto que la típica res.

     Algo más motivado, Santino se propone a competir y a debutar en luchas clandestinas autorizadas a las afueras de su colegio, legitimadas por el honorable círculo de apoderados conciudadanos. Fue notable ver al patio del colegio repleto de expectantes y fanáticos de violencia. Aquí, nuestro muchacho tuvo sus primeros encuentros. 

     Santino derrota a Carlitos, el presidente del club matemático, por una increíble zurda en el mentón. Santino derrota a Daniel, el muchacho de la silla de ruedas, desinflando uno de los neumáticos con los dientes. Santino derrota a Gapsar, rajando sus pantalones y dejándolo vulnerable frente a chiquillas de sexo caliente. Santino derrota a Patoso, el matón de la secundaria, mediante una estratégica técnica de cansancio, donde la lluvia de golpes que propinó el abusivo lo llevó al agobio de su aliento y posteriormente, de su cuerpo de orangután.  Victorias para nuestro exitoso aprendiz. Luchas arregladas por padres dedicados, billetes que fueron al remate en una reunión el martes pasado, consenso de profesores y delegados.

     Pese a la fama y ese saborear de gloria con papas fritas… se le presentó un nuevo reto al novato, porque las malas lenguas emprendieron el esparcir de algún rumor supuesto, que argumenta lo siguiente… “Al pueblo vendría un digno contrincante, un Asterión, o para un inculto como tú, un minotauro”. 
Miedo, nervios y pellizcar de parches para Santino. El reto de oro, la batalle del siglo. Frente a tanta presión popular y un evaluar de la responsabilidad correspondiente a la imagen ¿qué más podría haber hecho?

     Damas y caballeros, público respetable que llena un gimnasio olímpico, testigos de una masacre, duelo de titanes. Todo el orbe estaba allí, ubicados en sus asientos, comprando palomitas y refrescos en cantidades desproporcionadas… y para los que no contaban con su presencia través de un trasero remarcado en sillón de serie… con oreja adyacente a la radio local. Aparece el anunciador y declama el archi-reconocido discurso de esquinas y pesos. Hablamos de 43 kilogramos contra 578. Ahí estaba Santino, con sus guantes color fucsia, su cintillo de lana tejido en un invierno de gripes, sus botines bien lustrados frente a un poderoso minotauro de 25 pies de altura, cuernos de titanio, ojos rojos de la Creta candente, ariete en su voluminosa nariz, músculos por el ancho cuello, bufadas bullentes y aliento a cadáver. Inicio a la contienda, puños locos y huídas humillantes por parte de nuestro chico. Situación de emergencia, ¡PAAAAMM! ¡PUMMM! ¡CRASSH! ¡POOOWW! ¡PLAAP! sangre en el ring, fotografías asombradas, baños vacíos, guardias metiches, público atónito, manager satisfecho, toalla en la silla, árbitro soltero, golpes que violan magnitudes Newton.

     La lucha finiquitó mediante una estelar y memorable caída de bruces de Santino, o mejor dicho en cámara lenta, su contacto con el suelo acompañado de un extraviar de dientes y un maquillar de ojos morado intenso. Su vista comenzó a nublarse, pero antes pudo divisar en una corrida de asientos muy cercana a él… a sus padres, horrorizados y tal vez defraudados, incluso, al lado de ellos, estaba Hitler, lamiéndose con placer los labios una y otra vez, con alevosía. 

     Meses después, entrevista a Matías, el único amigo de Santino:

- ¿Qué perspectivas tenías tú de este reto?, ¿quién esperabas que ganara? 

- ¡Pfff! ¡Era un minotauro hombre! ¡Un minotauro!

Desdén de primavera

Sólo me queda esgrimarte algunas últimas e indecentes palabras para que acabemos con esta unión hipócrita o de otra forma, historia de apócrifos que alguna vez se llenó de esos horondos corazones de prostíbulo, corazones rojos de carnicería.

Te escribo hoy a ti, cínica de mierda, la que se tapa los oídos con el algodón de sus almohadas sudorosas, tú, maraca de las cuatro patas, la de la teta grande con forma de péndulo, vaquita venosa…  deja de bañarte entre talco y crema y pon mucha atención a lo siguiente:

Has transformado esta primavera en un decadente cuadro de telenovela barata, con tus insidiosos llantos de niña adicta al caramelo, con tu coqueteo de arpía paciente en el desierto de las vergas.
Me das asco y quisiera partirte el culo de rabia, sí, partírtelo en varios trocitos azucarados como si fueses una tartaleta de manzana vencida… y te daría un escupitajo para adornarte, muñequita de feria, te pondría la guinda en tu vetusto monte de Venus.
Te gustaba rumiar y rumiar mi trencito ¡Ohh sí! bastaba a que me quedara como estatua para que tú, golosa de las mercedes, vacilaras entre mis legumbres, ya que sólo te faltaba hervir uvas en tu vagina y dármelas en la boca, no con tus fétidas manos claramente, sino con un tenedor de madera.
A veces me arrepiento de no haberte dado con la correa, de haberte escrito un “te quiero” en la espalda a correazos, y tú no te hagas la santa, que cuando mordisqueabas mi oreja pude sentir tu aliento oloroso a pescado, después de todo, sólo la virgen María sabe cuántos testículos chupeteaste antes de darme ese “muac” desorbitado de farándula.
¡Por la cresta!, de todos modos, extraño tus acuosos y salados besos en las axilas y en las ingles, porque te portaste como una nereida, si bien, definitivamente no me duele más a mí todo lo que te estoy redactando en estos precisos instantes. Y me acuerdo del día en donde compartíamos helados… ahora te hundiría toda la crema en la cara para que se confundiese con ese maquillaje de promoción…
Ahora, viene mi consejo ¿recuerdas todas esas numerosas escrituras que te obsequié? Pues quémalas, puesto que pasarán los días y no verás a este mimo adulándote, jijiji,  todo se transformará en garabatos con formas de penes, de  gigantescas víboras que se introducirán por tu vientre y lo reventarán a vómitos.
¿Sabes lo que estoy haciendo ahora? Me estoy sonando las narices con tus fotos ¡Uy sí! creías que te veías muy sensual usando mi polera de “I Love NY”  y la verdad es que ahora veo a un maniquí de tercera calidad, sí, de esos que se exhiben en las multitiendas que están a punto de quebrar, sí, los mismos con los cuales los indigentes de la calle se masturban.

Si tuviese el honor de darte una última oportunidad, sería para reventarte todos tus orificios, maldita guarra de las escuelas del amor. Sí, soy todo un experto para ofender a las cerdas como tú, porque el género femenino se te cae como todos tus embutidos adiposos.
Me tienes enfermo, sí, desde ahora soy la clara muestra de un mentecato corroído por tus trampas, juegos de bahorrina femicida, sopera, sopera.
A pendangas como tú les gusta que les traten mal, y descuida, que te seguirán dando como caja de botillería, tal que supongo que la despedida se te suma a tu currículum, te da un pedigrí entre las encantadores angelones del himen, puritana con buena magistratura.

Ya te dije que eliminarás todo lo demás, ya que todo se reduce a fruslerías, pero te tengo una noticia, esta famosa ilustración de las realidades podría hacer colección en tu cajita de recuerdos, en tu depósito de bazofias, ya sabes, todas las ilusas pendejas cumplen esa fantasía de la que no te excluyes, no obstante, como te decía, refugia mi adiós ahí, para que tus barbies desgreñadas lean lo que les enseña su mamá. Puedes destacar las oraciones más hermosas de esta hoja, con tu rush seco, hazlo, dale un uso quieres.
Yo que tú para recordarme haría un muñeco con uñas, porque te sobran, tanto esmalte falso que al fin y al cabo te ayudaba a quebrantar tus porcelanas… más encima preparabas un zoológico si se te echaba a perder una, sí, tú y tus gritos de mona, de elefanta, de chihuahua.
A mi muñeco decóralo con tus calzones de almíbar, rellénalo con los condones sabor frutilla.
En cuanto al narrador… voy a desinfectar mi cama todos los días, porque todavía siento tu aroma de filme pornográfico que se mezcla con tu virginidad enlatada.

Me despido de usted, señorita zorra, puede desechar esas pestañas del burlesque que ya pasó de moda, puede continuar gatillándose la gallina en compañía del osito que le regalé en San Valentín… para ser más específico, al que le falta un ojo y se viste de pelos púbicos.
Te mando esta maravillosa ópera en un papel mantequilla, ya puedo imaginar cómo babeaste cuando la abriste, cuando deslizaste tus crespos dedos sobre la cubierta… ya te imagino ronroneando gatita, sedienta y sedienta de leche cortada, siempre.

Porque te odio, y algún día sino te mato, le diré a medio mundo lo guarra que eres.
Y voy a seguir cascándomela pensando en ti, si te sirve de consuelo, sí, para que te enamores de mí perra… para que vuelvas a mí, desgraciada.

La estatua y la serpiente

     Cuando me pongo a pensar en cuántas desorbitadas conjeturas han mermado en mi tedioso meollo, me abaten las memorias más lacerantes que un errático energúmeno podría esmaltar. 

    

     Me encuentro en la soledad de la noche, la de los astros pálidos de antaño, en la penumbra de la erudición. Desamparado por las multitudes esquizoides que perennemente me hacen regurgitar; me regalan el pánico. El demonio comienza a mimetizarse en mi apellido y me transformo en el mago de la peyoración.


     Bajo la amenazante pendiente, en una sofocante habitación de costumbres pseudo-modernas y tétricamente convencionales, sentado frente a los fantasmas de mi egolatría, ignominiosos seres que golpean mi mente con el ladrillo de la auto-moral, de la dialéctica inescrutable, de la sombra de mi vergüenza.


     Me estoy volviendo un senil vasallo de la humanidad, el culpable de mórbidas excentricidades, falsas puñaladas que despiertan mi “yo” entre los muertos… 


     Aquí estoy, en la ciénaga de la gramática, donde toda sanguijuela chupetea mi sangre de matices púrpuras… De la chimenea sólo brotan desarticulados restos de un polen negro, de la ceniza pulposa. El frío se estampa en mis cabellos, en mis muñecas, en mis meñiques, en mis dientes, en mis testículos, en mis axilas, en mi corazón de salamandra. Aclama tras de mí el juicio indolente, el susurro de un hombre de levita estéril. 


     ¡Ay de mí! Pude optar por entregarme a pasiones desarraigadas en crepúsculos similares, pero aquí me encuentro, adornando mi cristal con pinzas de positivista, sudando la sal del arrepentimiento, en la mazmorra de los verdugos macilentos, en el holocausto de los creyentes que fuman sus biblias, en el nido de ratas y de cuervos intelectuales, ampulosos corderos provenientes del útero sofista.


     Y la vitrola se oxida… se detienen las oberturas de Tchaikovsky. Los sonoros acentos de indómitas sinfonías, estridentes melodías se desvanecen y abrazan este silencio sepulcral ¡Pónganle aceites a las marchitas rosas del jardinero cobarde!…


     Cae sobre mis rodillas los ensayos ocultos de un Bierce execrablemente seductor, cuyas obras excitan idílicamente mis ideas y conmueven a mi pluma cuando acaricio el insomnio. Me palpitan los ojos; las pestañas posan para el desnudo de un pintor caprichoso. La barba se clava en mi pecho como un mantel de agujas. Me quito el sombrero ante tanta nereida circuncisa. Mi corbata tiene un nudo imposible, un desafío para el Hércules de la cotidianeidad.


     Me arrellano en el terciopelo de este trono de ficciones, me desato la camisa, cuyo blanco deja de ser blanco para alimentar al amarillo de los nibelungos… y mandé a volar por los horizontes a todos esos botones de aquel sastre lánguido.


     ¡Cómo osaría en convidar a aquellos compañeros del gusto sugestionado! Para que jugásemos una partida de ajedrez, donde mi reina decapitase a su rey, para que después compartiésemos una copa del vino añejo ¡Salud por nuestros poetas malditos! Para que segmentásemos la carne con nuestros tenedores y cuchillos de oro maltés, para que orásemos en fatuas carcajadas a cerca de los chirriantes burgueses promedio. Mas no es así, el quid es obvio…


     Destartaladas emociones de infante mesopotámico se incuban en mi cuesco. Comienzo a tallar los contactos con las promiscuas vírgenes que maquillaron mi nobleza. Comienzo a condecorar a mis pretéritos némesis cuyas armas de acero provenían de jugueterías menesterosas. Inicio indagaciones sobre mis catedráticos, cuyos silogismos alteraban mis ópticas, hacían que en mi cráneo inundasen moscas mordaces, me encerraban en crematorios de la duda. Comienzo a musitar a mi alcurnia, el sesgo de los saltimbanquis del prejuicio, los que usaban máscaras para conseguir el beso de las masas y el elogio de los dementes.

     ¡Qué funestas reminiscencias atosigan mi diminutivo esqueleto!

     ¡Qué envidiosas mortajas ejercen una melindrosa letanía sobre mi canibalismo filosófico!

     Es que soy un descuartizado personaje del cubismo poco esmerado, preso en la isla de la incertidumbre, lector del epitafio incauto. Diseñando argumentos para glorificar mí carcomida existencia. Ya no más, no soy el epicúreo de los darwinistas de frutos pútridos, no soy la corriente de las nuevas calamidades, no soy el ruin déspota vociferante de novedades políticas. Y cuando dejo de ser, monstruos de todas las edades eyaculan sobre mi onirismo.

 

     Merodeo a través de soslayos este mausoleo del atolondrado. El techo crece con prisa,  se inunda en los tartarosos abismos del medioevo. Mis pies son el alimento de las hormigas escrupulosas… he ahí el cosquilleo redundante que nos escolta desde que originé este desvarío.

 

     Me aproximo a la  magnética ventana y por su transparencia veo al mundo con una retina mutiladora. No veo una urbe, veo una pirámide de barro donde hombres y mujeres consumen el plasma de la inmortalidad frenética. No veo parques, veo bosques donde lobos asechan a los lactantes de tropezares incipientes. No veo  vehículos, veo horrendas máquinas chupa petróleo de Belcebú. No veo sonrisas, veo  tangentes dobladas fusilando labios y por último, no escucho el hablar, solo el bisbiseo de chácharas entre  escuadras de muchos “homo erectus”, todos ellos ataviados être à la mode.


     ¡Y Nadie me visita! ¡Nadie pretende a cruzar el portón para llegar a mi fábrica de títeres de cuero!  ¡Nadie se atreve a subir por mi escalera de caracol! ¡Nadie quiere  a compartir el whisky de la petulancia para que después vierta un estoque a cualquier cuerpo en un altar de la beatitud! Ellos… tautológicos de un mundo nihilista. 


     Me repugna la idiosincrasia de las catervas desmesuradamente audaces, manchan mi cafeínica consciencia y me hacen desencadenar las verborragias más obtusas de un druida del patíbulo. Siento como la piedra, corpúsculos invisibles se tejen como telarañas en mi hipócrita lozanía.


     A paso lento, a fuego helado e iracundo de misterio,  marco el paso circular en derredor de todas mis alhajas, de todo vademécum, de todo trofeo olímpico… devoro el cartílago del Quijote inválido.


     Merodeo escandalosamente este tugurio. Ruidos lamen paradójicamente mi cerebro, vierten el ácido de la cándida fechoría. Los relojes se duermen paulatinamente. Los búhos nivales procuran desmantelar las apariencias… 
Retumban los instrumentos de viento occidental, el funeral,  castañeo como un esquimal de pacotilla.


     Y lloro… lloro por ahondar entre tanto desapego…  y por fin, acepto mi condición de criminal ante las criaturas de un Dios pusilánime. Lloro para que en algún olvidado otoño alguien pueda pronunciar mi nombre, aunque sea con las más infames intenciones.  Lloro para que sortilegios de  cólera yerguen sobre mis doncellas como la droga adictiva. Lloro para sentirme único en este manicomio de ciervos agorafóbicos. Lloro porque soy una estatua esperando que una serpiente rodee su cuello y le permita exhalar su último aliento febril… ¡Qué descanse en paz este anacoreta!

 

 

Fiestas patrias

¡Los perros también se chupetean las patas en este bicentenario! 

La patria de los roñosos, una fecha, un dieciocho que rememora cómo una tracalada de traseros llenos de talco tomaron decisiones por un pueblo sujetado a un vientre.
Derramaron tinta por un rey sin corona. En un salón de los mil y un meñiques traviesos… años, meses, horas y minutos atrás.


¡En la fonda de los analfabetos todo pasa!

Martín Soto saborea un anticucho con deleite mientras está sentado encima de árbol muerto. El sol le da directo a sus lunares peludos. Come con las uñas sucias. Cae algo de sangre en su camisa, sangre con sal y aceite. La carne se cocina con esfuerzo. Un asado opíparo, mesa que más aplaude.

- Rojo, un bonito color que adorna nuestra bandera.
Comenta un señor de mejillas bien afeitados  por navaja holandesa y de tez blanquecina que pasa al frente de Martín. Postura gentleman, debe llamarse Walter.
- ¡Ándate a la conchetumadre cuico de mierda!
Respuesta de nuestro protagonista. Se pone de pie. El fierro cae en el suelo. unción de herrumbe y cieno. No tardan en aparecer una jauría de desnutridos que en su impertinencia se clavan las agujas oxidadas en sus fauces.
- ¡Roto ordinario picante!
La contraparte, la mujer del distinguido caballero. Tiene tanto maquillaje pegoteado en la cara, resecado por el calor, barnizado con el humo de las parrillas. Maquillaje del Barcelona’s Beauty.
- ¡No te metaí tu vieja!
Se arma un escándalo. Feliz 18. Interviene un joven con una guitarra. Tiene barros bajo la nariz. Es tartamudo en el colegio. En las fondas es ¿Cómo se dice?… “connotado”. Tiene un bonito corte de pelo. Su mamá le cuida su pelo. Su mamá le lava el pelo los domingos. No lo luce porque la chupalla le oculta su hirsuta cabellera.
- ¡Mi intinción no es molestarle señores!
¡Pero este dieciocho no es para peliar!
¡Compartamos la güeña empanada!
¡Hay mucha chicha que tomar!

El joven  aprovecha la distracción y se rapta de la mano a la consorte. Orgasmos se escuchan detrás del escenario. El costillar se está dorando.

Más allá se ve a Don Chile, quien le presta indulgentemente su trasero al tío Sam.
- ¿Cómo permiten ver sodomía en una ramada? ¿Qué significa esto?
Don mejillas afeitadas centra su atención en otro hecho.  Siente la necesidad moral de interceder.
Martín recoge su anticucho. Martín come con ganas. Pasa un niño corriendo con una chupalla más grande que su cráneo. Le corren los mocos.
- ¿Para dónde va con tanta prisa mijo? Le interroga Martín.
- Voy a jugar el palo encebado.
- Todavía no te ha crecido la cola de chancho, eres muy pendejo.
- Mi mamá me dejo.
- ¡Tú mamá no sabe cuál es la edad indicada para mantequillarse!
- Mi mamá me dejo. Lloriquea.
Se acerca una mujer vestida de china. Es gorda. Tiene un tomate en su peinado. Lo cosechó en la temporada pasada.
- ¡No andí haciendo llorar a los niño ñior!
Despacha al pequeño con una palmada en el trasero. En esa palmada, la mujer siente que le pega a un bulto duro incrustado en los pantalones.
- ¡Rosita! ¡Qiú tu copihue!
- Bien aquí mi ñior.
Rosita se levanta el vestido. No tiene calzón. En su pubis ronda una enredadera de copihues que crecen deformados, pero cuyo color y perfume deleitan desde el más beodo de los huasos hasta el zorrón más bacán de las Condes.
-¿Cuando me vai a dejar usar mi Gillette?
Rosita abofetea a Martín. Le deja colorada la mejilla izquierda.
- ¡En tus sueños no ma’ sinvergüenza!
Rosita le da un enorme beso a Martín en la boca. Restos de empanada de pino en ambos labios.
- ¿Bailemos una cueca?

Martín y Rosita se dirigen en una pista donde muchos hombres y mujeres bailan cueca.
Una pareja cualquiera sale a bailar. Su pañuelo es un trozo de papel higiénico.Hacen la medialuna. Dejan la tierra llena de azúcar. En un rincón del establo la consentida se masturba.
Mientras bailan, desde sus pieles, plumas comienzan a brotar.
Se transforman en una gallina y un gallo. El macho arremete salvajemente en contra de la hembra fornicándola estrepitosamente. Se salen de la pista. Chocan con una mesa donde mucha comida termina siendo apetecible a la misma jauría de las fauces adoloridas. Uno de esos perros es fanático del color amarillo.

La hembra incuba un huevo enorme. El huevo se rompe. Nace una cruza entre huemúl y cóndor. Es estéril y deficiente. No tardan en aparecer un grupo de monjas con un biberón. Le dan leche.

- Sabe que má oiga… no quiero naa bailarle ni una cueca ahora.
- ¡Me lo prometiste!
- ¡No he dicho esa hueá!
- ¡Erí un arrogante de mierda! ¡Erí un chileno del montón! ¡Me tení chata!
Rosita se convierte en una paloma y vuela hacia una plaza cualquiera de Santiago a pedir migas.
- ¡Todas son iguales! ¡Se fue a pedir migas la maraca!

Aparece Don Raúl. Un hombre cuyos bigotes guardan el pebre del año pasado.

- El año pasado bailé con un carabinero. Espero que esta vez aparezca de nuevo. ¡Tan rica que salieron las tortuguitas esas!
- ¡No empecí con mariconás Raúl! Tengo pena.
- ¡Tomemos un poco de vino para pasarlas!
Toman vino. Mi mamá también tomó vino una vez y cayó de bruces.
- ¿Conocí al Juaco Pérez? Le dieron un premio por entonar el himno nacional con orgullo y voz de pajarillo.
- Ese hueón no me conoce…  este país no me conoce, yo pudiera cantarles el himno perfectamente con un hueso en la garganta, oye.
- ¿Viste el último partido de la selección?
- Vi que después les dieron unos plátanos a los monos. Lo merecían. Juegan bien a la pelota. Don Balsa hizo un buen trabajo al meterlos en sus jaulas.
- Es bacán ser chileno ¿Cierto?
- Sí, te inscribes en las elecciones y te dan un plasma HD. Me gusta este gobierno. No me quejo.

Cae la noche. Hace calor todavía. Llueven los patos asados. Llueven los créditos.
El escenario se llena de artistas. Aparece Ayelee Rumeypillan Jackson, una destacada folclorista de origen indígena.
- Esta canción es para un pueblo del sur, ese pueblo del rehue olvidado.
- ¿Tú erí mapuche? Grita un huaso borracho entre la multitud.
- Yo soy una músico.
- ¿Tú erí mapuche? Pregunta nuevamente.
- ¿Con quién tengo el gusto?
- Con el Estado  ¡Juajauajauajauajaua!
Aylee salta encolerizada a golpear con su guitarra al oneroso caballero. Se arma una trifulca. Aparecen los reporteros con sonrisas hasta en las tetas.
- ¡Me voy a comprar un volatín de oro! Grita con entusiasmo un periodista, al tener una noticia para hablar mañana en la mañana. A la misma hora cuando te comes el ajiaco.

El público chiflea. El público quiere entretención.

- ¡Ya po! ¡Sáquense alguna hueá! ¡Yo vine a vacilar! Grita otro hombre.
Aparece el show más esperado de la noche. El humorista Miguel Juan Echenique.
Risas, jolgorio, vómito, diarrea y un trompo que no deja de girar en un terreno baldío. Los niños ya no juegan trompo.
Un grupo de pequeños dibuja algo en la tierra. Juegan,  juegan a ser dibujantes, le hacen la competencia a Matta.
Martín se acerca.
- ¿Qué hacen cabros de miéchica?
- Jugamos al Yingo.
- En mis tiempos se jugaba a la Rayuela.
- En tus antiquísimos tiempos muchedumbres bulliciosas eludían la realidad participando en juergas como en las que tú te ves enfrascado ahora mismo, indecente huaso de patillas desarmadas.
- ¿Qué edad tení pendejo?
- Siete.
- Vo vai a ser de esos intelectuales que se van del país y se ponen a hablar de la teoría clásica, llú nou.
Mándame saludos desde el “Notro Dame” y desde el culo del mundo.

Obscurece cada vez más. Aparece el fantasma de Arturo Prat.
- ¿Qué hace un peruano acá? Se queja.
- Don Arturo, váyase a dormir.
- ¡Jamás!
Arturo Prat saca un billete de $10.000 y les dice a todos.
- Mírenme, esto certifica que soy un héroe.
- ¡Estás curao hueón!
Arturo Prat no aguanta tales humillaciones y sale llorando de la ramada. Pasada las doce de la noche se le ve jugando en un lago con unos barquitos de papel. Se encuentra con la Fiura. Se enamoran. Le crece el pelo a Don Arturo.

Nuevamente volvemos con Martín, quien despierta en un rancho junto un montón de porcinos. Está cubierto de barro. Se incorpora, pero cae, no se encuentra en su mejor juicio. Tiene caña.
- ¡Ayayayayayayaya!
Ve una luz, alguien le toma una foto.
- ¿Quién erí tú para andar sacando fotos?
- Soy Dios.
- No hueí.
- Mira bien huaso bruto, soy Dios.
Es cierto. Es Dios. Es bacán.
- ¿Para qué me sacaí un foto?
- Para subirla a Facebook y tener muchos “me gusta”. Te voy a etiquetar junto a todos tus amigos.
- ¡No hueí!
- ¡Feliz dieciocho!
Dios se suena la nariz con la bandera de Chile.


Un par de semanas después. En una agencia de ejecutivos profesionales en la región metropolitana.
- ¡Don Martín! ¿Cómo la pasó este dieciocho?
- Filete perro… filete.
Martín saca una garrafa debajo de su escritorio.
Martín no tiene edad.
Martín eres tú.
Martín la lleva. 

Esperma en un espejo

Antoine era un artífice excepcional, un excelso músico, un caprichoso marqués de las pantomimas más entretenidas y un vociferante de los tecnicismos conceptuales más estrambóticos en el mundo de la melomanía. Empero detrás de aquel astro mitificado entre fama, glamur, champagne y brillantina, nunca estuvo absolutamente apacible entre la estirpe de todos esos bohemios fulgurantes de la supuesta calaña vanguardista.
En su juventud era un desdichado mancebo, un errante de los vaivenes sociales, una delicada criatura que escondía sus secretos bajo el asiduo artístico.
Era un desconectado del presente. Aquello se denotaba desde nuestros años en el instituto, donde esbozaba con el perfil de un tímido y huraño mocoso, infante anacoreta rechazado por los círculos colectivos de sus compañeros siúticos, evasivo pequeñuelo buscando el suave regocijo entre colecciones de mariposas y notas disímiles de su piano, sin olvidar las supraformales cartas que me redactó a mí… las solía escribir en melindrosos sobres de superficie obscura y opaca, los sellaba con la esperma chorreante de los candelabros herrumbrosos… y digo esto porque eran cartas que me escribió en un período determinado, donde me declaraba su amor con vehemencia, con una vehemencia furtiva y patéticamente aislada que nunca tendría contacto con mi persona, es decir… siendo franca, el muy obstinado ostentaba y figuraba tocar mis pechos, saborear esta pulcra carne blanca y beber de mi cuello, al mismo tiempo que torpemente jugaría con mis risos albinos, mientras se deleitaba con mis ojos color golondrina, pero se equivocaba rotundamente. Era sencillamente estúpido el pensar en anhelar y tales gratificaciones manteniendo una distancia.

Era arrogante…  lo sigue siendo. Creyó que a través de sus jactanciosos talentos y que con sus obsequios dispendiosos conquistaría mi atención, mas no lo logró, ya que hasta el más inocente e inocuo de los seres, cuya inteligencia recae en sus habilidades comete errores.

Frente a la decepción y el rechazo, ahogó sus penas entre licor fino y horas frente al piano, despilfarrando sus cabellos, derramando sus lágrimas de desafortunado y a su vez, componiendo las atmósferas más tétricas que desentrañaba su interferida naturaleza.
Nunca estuve dispuesta a seguir con tal ridícula relación, por lo que rompimos lazos al pasar los años… no fue la decisión más sencilla, aunque por coincidencias de la vida siempre nos enterábamos de lo que era el uno del otro en las posteriores tardes de nuestras existencias.

Supe en años posteriores que aquel ser rezagado se había desplomado, que el nombre de Antoine en la universidad erigía
sinónimos de gallardía, de astucia, de altivez. Sin lugar a dudas, consiguió adaptarse y estar provisto ante un nuevo ambiente dotado de juergas tácitamente individualistas, donde debía dejar atrás aquella introversión para sacarle provecho a sus aprovechados dotes …y vaya que lo hizo, aunque sin mesura.

Se entregó a las descarriladas pasiones libertinas… digamos en cristiano, el sexo en orgías depravadas, los opiáceos cosechados del oriente, los desvaríos ontológicos y teóricos de la música, el vicio de ataviarse de prendas excéntricas, con terciopelo animal y las mescolanzas cromáticas más alternas. Pero realmente lo que me desilusionó de él fue que su cambio involucró un giro en la órbita de las sinfonías sublimes que compartía…Remplazó la elegancia de las finos compases del piano por el estruendo emitido desde cuerdas de instrumentos vulgares. Los tocaba empalagado de chaquetas de un cuero rasgado, usando gafas rutilantes y profiriendo gritos… quejidos acompañados de líricas triviales, esas que rondam en el hedonismo y el virtuosismo de la obscenidad, como dije anteriormente, se supo asentar, ya que nuestra idiosincrasia moderna pedía ello, jóvenes sedientos del morbo, excluyentes de la realidad agazapados en la emancipación de sus almas entre ceniza, sangre, ruidos y maquillaje.

Aparecía en las revistas de lo que llamamos “moda”. Era el ídolo, el fetiche de la costumbre viciada.
El colmo fue cuando  en una de sus exuberantes chácharas me nombró a mí, con tintes de un pasado frustrante y criticando el conceptualismo del diseño gráfico de uno de mis discos… y les detallo, uno específicamente donde se puede admirar el ojo izquierdo de una dama rodeado por un anillo blanquecino… ”convencionalismos” según él.


El público no le dio mucha importancia a la mención, pero aquel detalle distinguía mi presencia en su juicio.


He entrado en una grave contradicción con tales comentarios que aborrecen a toda una plataforma musical de índole mercantil, siendo yo al mismo tiempo, partícipe de ella… con esto quiero articular que la vida de Antoine no discernía copiosamente de la mía, ya que ambos éramos títeres de las masas, músicos y muñequitos alimenta pasiones distraídas, pero una diferencia esencial está en que yo nunca me entregué a placeres frívolos, a conductas rebajadas. Siempre quise mantener la postura digna.


Fue centro de la especulación, un espectáculo, un ilustre personaje de las redes difamadoras cuando se enteraron de su adicción a las sustancias y lo peor, que ya eran reiteradas las ocasiones donde arriesgaba su vida por la esnifada, bocanada, inyección, etc.

Entró un una estratégica rehabilitación, estratégica porque todos conocemos el cliché del compositor que se funda en una historia demacrada y que después vuelve a su reinado a beber el elixir de la gloria, como un vitalicio y sano vencedor.
Estuvo tres años rehabilitándose. Volvió más sosegado, pero dispuesto a seguir creando y entregando aquellas melodías a sus fieles auditores.

Se enteró de mi puesta en escena en el “Festival de la leche”, una fiesta que celebra la homosexualidad, el quebrantar de ataduras y tabús carnales, además, cuna de artefactos, indumentaria y gastronomía bizarramente innovadora, digna de cualquier intachable conocedor.

Antoine paseaba por la feria, encubierto en una vestimenta de “cowboy” (pasaba inadvertido). Tuvo los encuentros más extraños en mi búsqueda, en eso incluimos a un hombre gordo y calvo que le ofreció comprar queso hecho de semen de toro. También una anciana que armó un escándalo por acusarlo de robo de ungüentos… y a esto se le suma el trisar de un espejo en una habitación de sadomasoquismo… en este último, no tuvo dificultad de salirse, porque tenía dinero para safarse de todo reluciente anécdota.
Supo sobornar a todo guardia, productor se escabulló entre los camarines para encontrarme antes de mi presentación.

No evitó entrometerse entre mis joyas y guardarropa de trajes blancos. Estuvo observándolos bastante tiempo y haciendo memoria de nuestro primer encuentro. Fue un día donde nevaba. Él había sido abofeteado por unos compañeros durante el almuerzo. Iba con la cara rebosante en lágrimas hacia las afueras del instituto… me encontró a mí, quise ser educada y acompañarle un par de minutos. Le regalé una flor rojiza que había rescatado para que no se congelase… él debía seguir dándole calor (el propósito). Ese fue el inicio de aquel sentimiento usufructoso de amor que nos adornó los subsiguientes años.


Volviendo a la habitación, el muy sinvergüenza entró a mi tocador. Me estaba bañando, abrió la cortina y me dio un susto de muerte. Nos reconocimos. Se desnudó e ingresó en la bañera mientras el agua seguía corriendo… no pude evitarlo, no pude decirle que no, era encantador, tenía una hermosa fisonomía y una galantería de experiencia. Podía vituperarlo un millón de veces, pero esta oportunidad no era de abstención…
Me besó, recorrió mi cuerpo con su madura boca, palmeó mis carnes y yo las suyas. Hacía frío, tuvimos un arranque lascivo bajo una cristalina lluvia de agua.
Comencé a fantasear, por lo que tomé su miembro endurecido y comencé a masturbarlo. Divisé en su rostro una gesticulación de placer incontenido.
Yo estaba agachada y empapada frente a su miembro flexionándolo una y otra vez con tal de pronunciarle una viciosa sensación. Llegó el clímax de tal erótico cuadro, donde despidió un chorro de semen hacia mi cara, recorriendo mis ojos y mis labios.
Antoine estaba extasiado, lo estuvo en un instante muy prolongado, hasta que le extrañó ver que la reproducción de tal manifestación lujurioso tenía pausa.
Abrió los ojos, agachó la cabeza y su mirada tuvo encuentro con la mía…
De repente comenzó a dibujarse una expresión de horror en sus ojos… todo esto mientras miraba los míos que estaban rodeados de un anillo de semen…
Pudo establecer la asociación entre tal imagen y la portada de mi disco, el mismo que había sido centro de su crítica…”convencional”.

¿Tengo algo que ver con ese frtontis? Se preguntaba… la respuesta era sí, la idea… había nacido de acá, en la bañera del camerino… y ¿Cómo?… Era parte del pasado o del presente… ¿Cómo?

Antoine logró entender y dilucidar con esto muchas interrogantes que había marginado durante toda su vida, empezando porque al final de todo, reconocía su soledad en la bañera, reconocía tener una imaginación sórdida, de esas que abrigan el más ácido de todos los narcisismos, el mismo que está dispuesto a crear caracteres donde puedas depositar tus sentimientos de admiración, belleza y amor. Descubrió que yo misma era el lado de sus pulsaciones y deseos extraviados.

Recordó aquellas mañanas de resaca frente al espejo donde no encontraba su rostro, sino el mío.

Y al final de cuentas, no se puede huir de la realidad siempre… o la enfrentas ahora o te encaminas en  interminables laberintos de acertijos oníricos… mi querido, pero imbécil artista…

Noche de pasos ambulantes

Era hora de irme…
Mi reloj de pulsera marcaba las 2:37 a.m.
Ahí estábamos Dante y yo. Hacía mucho frío. Cada vez que salpicábamos una que otra palabra nos acompañaba una tímida capa de vapor exhalada por nuestras quisquillosas bocas, flujos en un aire antártico.
Ambos nos refregábamos las manos.
Dante seguía perplejo por la conversación. Miraba la línea que estaba marcada en la arena (la hizo el mismo con su pie no hace mucho rato). De repente, fijó sus ojos verdes de felino frente a mí, quería que le dijese lo que le tenía que decir.

- Bueno, Dante… se ha hecho tarde, creo que nos veremos el domingo en la fiesta de Stephanie.
- Sí… eso creo… hasta pronto…

Esta vez no nos dimos un abrazo de amigos.
- Oye Abel…
- Dime…
- Ten mucho cuidado en el camino…

Lo último que pronunció no pareció ayudarme… es más, causó todo lo contrario. Sentí que aumentaban las probabilidades de que sucediese algo extraño en la ida hacia mi casa.
El camino es bastante largo y a estas horas de la noche a veces suelen merodear gente despistada, gente peligrosa… Ahora, el detalle que hace más tenebroso este trayecto es la neblina que se ha aglomerado alrededor del cielo, sellando y escondiendo a la hermosa luna y las estrellas, dando origen a una plana pantalla de aire denso que cae y cae sobre cada transeúnte.

Comencé a poner un pie delante del otro. Caminaba por la ciclo vía. No quise mirar atrás, no quise ver la silueta de Dante cerca de los columpios… sé que se ha quedado estupefacto y conserva su balance, le conozco, a veces es como un niño, puede que vuelva a columpiarse.
Estas malditas botas refrigeran mis pies, dificultan mi andar y siento que cada vez el sonido que emiten aumenta al rededor de toda esta plataforma pública. Cada pisar se vuelve más profundo y me persigue un eco… vaya por el cemento o por la arena, el ruido continúa, llego a pensar que alguien me sigue, pero si volteo la cabeza obtengo la misma respuesta… voy solo caminando y para peor parece que no avanzase.
Estas apreciaciones me distraen de esas típicas reflexiones de índole autosugestiva.
Podría estar pensando en lo que sucedió hace poco, pero no, le pongo atención a estos efímeros detalles nocturnos.

Lo que pasó hace unos instantes no fue muy agradable, si bien según yo, era el momento preciso, la oportunidad perfecta, pese a que al final no fue de mi elegir… porque la verdad, no es nada sencillo decirle a tu mejor amigo que eres homosexual y que estás enamorado de él. Quizás la noche y el frío también hayan amortajado un poco la situación.
Solíamos caminar en muchos sábados como éstos, meditábamos mientras marcábamos el paso y siempre buscábamos columpios vacíos para depositar nuestros cuerpos, oscilarlos y rozar uno que otro tema de conversación.
Y bueno, se lo dije, me fue difícil… debe de haber sido muy duro para él, mas no podía seguir mintiendo y ocultando un sentimiento tan vigoroso, noble y tal vez incorrecto, porque somos amigos. t
Tengo muy claro la orientación de Dante, es más, él todavía no está austero después de haber terminado con su polola, cuya relación duró más de tres años… ¡Ohh!… he tenido que escuchar en diversas ocasiones esa historia, creo que me la manejo muy bien y hasta podría enseñárselas a un montón de niños golosos de cuentos amorosos, pero el caso va en que, a pesar de aquel desafortunado incidente, me estaba haciendo mucho daño al tener guardado bajo llave este secreto.

Ahora me tengo que quedar con la imagen de un Dante cabizbajo.
Le conozco, está chocado, pero es un tipo maduro que sabe entender las cosas y si tiene que pensar, obviamente no me necesitará esta vez… a pesar de que los amigos recurrimos al consejo mutuo con asiduidad.


Bueno, continúa mi andar y el álgidas vestiscas continúan penetrando mi piel. A veces estos abrigos de marca fina resultan ser más voluptuosidad que calor.
Paso muy cerca de un terreno baldío y mi mente me juega una sucia coartada, me hace ver a unos hombres apoyados en una reja y a otros hincados en el suelo… me observan, están quietos, están esperando que pase… ¿Eso es?… la verdad no, son bolsas de basura despellejadas y enredadas en los bordes de acero, esos mismos con forma de mosaico.
Mal momento… me centro y sigo caminando. Más allá también comienzo a asociar botes de basura y pequeños árboles con individuos a mi asecho…furtivos delincuentes esperando a una víctima… ¡Ay!… hace falta que avance para que aclare mis retinas… no es más que malditos ajetreos que mi cabeza realiza en una noche tan agitada.
Continúo caminando, las luces están encendidas y distribuidas en una asimetría que ilumina solamente la avenida de ciclistas. Apropósito con esto, aparece alguien, me hago a un lado, ya que todavía tengo esa horrible ofuscación de contingencias malignas, pero es sólo un hombre de cortaviento rojo que pasea a su perro a tales horas de la madrugada. Parece ir tranquilo, seguro, mucho más seguro que yo. Creo que su perro le entrega inmunidad, después de todo, es un Boxer, es de esos asesinos naturales.

El recorrido de la ciclo vía va finiquitando y me dispongo a cruzar la calle, a ello se le suma desde lejos la presencia de un grupo de hombres que logré divisar más allá… eso aumentó mis ganas de alejarme de tal horrorosa avenida, paseo contribuyente a mis fantasías lejanas a la realidad…

Aquí cometo un error, tomo una calle con el objetivo de acortar mi trayecto, pero al final no sirve y termino saliendo por un pasaje que me deja por el camino que quería evitar. Pensé que sería entretenido descubrir nuevos paraderos a estas horas, pero esa calle estaba oscura.
No entiendo del todo el porqué precisamente esas casas tenían sus luces apagadas, es como si confabulasen para que mi miedo detonara, si bien por inercia, por el hábito mecánico de gastar energía y mejorar la temperatura, mi rumbo no se ha visto atascado. Ahora, hubo algo que me hizo salir de aquel sector más pronto de lo suscitado, ya que logré notar que al fondo de otra calle venían un par de chicos algo borrachos. Hago esa suposición por sus griteríos de palabras muy mal pronunciadas y porque se encuentran muy rectos en su postura, pero lo entretenido de esta anécdota suele ser que uno llevaba en un carrito de supermercados al otro, estaban jugando.
Es entretenido, la pasan bien, no puedo negarlo, pero ojalá no se llegasen a accidentar, a pesar de que piense así, quise evitar la probabilidad de enfrascarme en una situación así, por lo muy jocosa que hubiese sido.

Vuelvo por el camino principal, es una calle donde pasan muchos autos, pero en la vereda todavía no hay una fuerte presencia de personas, por lo que continúo solo. Aquí acontece otro hecho que me resulta excéntrico… en efecto, pasa un anciano en bicicleta y atrás de ésta lleva arrastrando enormes ramas de un árbol cuyas hojas parecen estar sequísimas. No sé el porqué de eso… pero allá él…
Como es tarde, paso al frente de una pastelería, es una de mis favoritas, allá suelo comprarme algunos empolvados de vez en cuanto, si hubiese estado abierta lo habría hecho, porque el dulce es un muy buen acompañante cuando pareciera que tienes la cabeza en otro lado.
Todavía voy más allá de la película. Pongo en duda la sensatez de Dante y si era justo o correcto que esta noche terminará así, sin uno de nuestros abrazos.
Prosigo el paso lento, cada vez más lento, porque mis pies sufren un poco ante el frío y duro cuero de las botas, de pasada, piso las hojas que este otoño arrastra, crujientes o pegajosas, víctimas de la aridez o de la humedad.
Me acerco a uno de los cruces que más detesto, por dos razones, la primera es que ésta simpática calle se ve compactada por una corrida de casas que siempre están activas en cuanto a sus combustiones, pero para peor, emanan odiosos polvos desde sus chimeneas… cada cortina de humo se junta con la otra y crean una atmósfera que desafían tus pulmones. Me pregunto si los dueños de tales hogares conocen la leña seca.
La otra razón va porque el cruce es extenso y siempre suele estar inundado por un tráfico donde histéricos conductores se disputan el paso, pero esta vez no fue así… era tarde y estaba vacío, así que pude pasar tranquilo al igual que una gallina que quiere llegar al otro lado. Ella quiere salvar sus huevos, nunca mencionan ese detalle en tal repetida pregunta acentuada como chiste.

El último y quizás más torpe incidente que se entrecruza en esta travesía es el siguiente. Una pareja de dos perros negros se encuentran realizando un salvaje coito. La hembra se traslada secuencialmente, no parece muy interesada, pero el macho la persigue. La cosa es que ambos perros me encontraron interesante y quisieron acompañarme por muchas cuadras. Lo intenté todo, cruzar hacia otro asfalto y me seguían… hasta que se detuvieron, quizás la hembra ya se dio por vencida o quiso entregarse al placer lívido en aquellos desarmados matorrales.

Ahora me encuentro en un barrio de clase alta, mi seguridad aumenta, acá no suelen pasar ni darse estrepitosos acontecimientos.

Las casas aquí son muy bien cuidadas, pretensiosas en su mayoría. Me llama la atención ver los basureros y sus respectivas ubicaciones. Muchas veces he visto aquellos estantes con ropa que parece estar en condiciones de utilizarla. Pero que va… ellos prefieren tirarla con otros desperdicios antes que estirar un poco sus traseros y llevárselos a la gente de escasos recursos.
Acá no hay mucho que apreciar, está la monotonía de las grandes estructuras de bello jardín, de dos  y tres pisos, de autos modelo del presente año. Ya creo que el ver muchas veces esto le ha suprimido la magia de la observación.

Me estoy acercando a mi casa, toco mis bolsillos y busco las llaves, estaban bien guardadas al fondo, suerte que esta vez no las tiene otra persona. He sido muy descuidado las últimas veces, ya que siempre me llaman para decirme que se me han quedado en una cómoda o en un baño.

El silencio de la noche se ha mantenido. Ahora, se incluye la aparición de muchos colectivos y las paradas que hacen. Éstas son misteriosas, puede que esperen a alguien, que quieran detenerse a descansar un poco o a comerse un tentempié. No me gustan esas pausas, sus ubicaciones en calles indeterminadas les contrasta su carácter enigmático. Una vez me pasó que uno de estos empenzó a seguirme, nunca supe el porqué, de ahí creo que se deriva el trauma o la tendencia a generalizar a estos vehículos como máquinas bohemias en cuyos asientos abundan ignotas malévolas.

Finalmente llego a mi casa. Abro el portón, el frío lo congela, por lo que tengo que empujarlo con cierta fuerza. Ingreso a la vivienda. Grito para ver si están mis hermanos. Los muy descarados no están, al parecer disfrutan el sábado más que yo. Eso es bueno, ahora puedo tomar retribución por todas las habitaciones del hogar, ya que tengo mucho en que pensar… me gasté el tiempo de la caminata retratando superfluos detalles de una ronda cotidiana.

Ahora me pregunto si debo pensar en lo que pasó hace alrededor de una hora, o si debo dejarme reposar sobre mi cama para dar paso a todo este sopor.

La noche es hermosa para pensar, pero creo que hoy aprendí que para caminar también, pese al frío, uno nunca sabe lo que puede extraer… y al final, sobreviví. Podría alardear y exagerar toda mi aventura para sentirme mejor, pero no creo que lo haga, ya que de verdad el miedo tocó muchas veces mi juicio… todavía pienso en que las últimas palabras de Dante fueron mortales o cruciales en ello…
Extraño a Dante. Me hubiese gustado tener una impresión más concreta de él o no sé, que hubiese dicho alguna palabra, pero tuve que interrumpir ese incómodo silencio que se había generado. Me autoconvencí de que ya no había nada más que hacer más que tomar el cuento por claro y dirigirnos a nuestros hogares.
¿Qué pensará él?… Lo único que quiero es que no se lo tome mal… ya lo tengo asumido, no podríamos estar juntos, es más, esto podría deteriorar nuestra amistad, pero si se genera una especie de distancia con tiempo, también  podría ayudarme a verlo como tengo que verlo… como un amigo, porque así funcionamos y sí somos felices. Creo que no hice mal después de todo es una estrategia y algo que tenía que pasar. Ahora, tendré que estar seguro de lo que hice y punto.
Fue una noche diferente, nunca pensé en que podría aislar a Dante ante diminutos fragmentos que se dieron en mis pasos, sin embargo, eso es lo nuevo, pese a la importancia, uno nunca sabe lo que de verdad necesita su mente… despejarse y pensar…
Yo quería divagar en el asunto, pero esta quiso focalizarse en otras cosas…Ahora, si fue así, será por algo, en fin, lo más probable es que no me vea con Dante el domingo, ya lo asumí… así como ahora asumo que nunca seré el dueño de mis propios pensamientos absolutamente… pensamientos acompañados, pensamientos que tienen una estrecha relación con mi caminar… el frío caminar de esta noche.